Abril 2007

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Blossom

El corazón del hombre es un jardín.

Donde alguna vez se posa una rosa,

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tan imponente y bella,

que imaginamos que nunca se va a marchitar.

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Luego el tiempo nos sorprende,

con los ojos deshechos…

Pero si lo pensamos un momento,

Entenderemos que, tarde o temprano, una nueva nacerá…

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¿Qué sabio llora por una rosa marchita?

Agosto sólo es tiempo de esperar la primavera…

Y aún en el invierno más triste,

siempre se podrá sacar un abrigo, y jugar con la nieve.

¿Hay razones para llorar por una rosa que se marchita?

La vida gira y…

El corazón es como un jardín:

Personas llegan, personas se van.

Myriam suspira mientras da un paso atrás. El suspiro que suelta es como la estela de un cometa. Yo, hipnotizado, siento que sin sus labios moriré como un pez fuera del mar. Me acerco.

Ella me pone una mano en el pecho, y sus dedos bloqueandome el paso son un cruel conjuro que me vuelve a convertir de pez a hombre. Estoy de nuevo en Caracas, con responsabilidades, trabajos, una oficina que me espera. Toda esa vida que parece muy organizada y correcta, pero en el fondo nadie quiere. O al menos yo no quiero. Intento acercarme otra vez:

-No. Se me hace demasiado tarde. Debo ir al aeropuerto –contesta

Saco mi móvil; es tarde sí, pero aun hay tiempo más que suficiente. La miro. Quiero que mis ojos le digan que aun hay tiempo. ¿Para qué hablar? ¿Por qué hacen falta argumentos en un momento como éste? Hay veces que poder hablar nos hace seres inferiores. Cuando hablamos sin parar y sin decir nada, cuando sólo decimos tonterías, o cuando las palabras son obstáculos para alcanzar la vida que siempre sonríe frente a nosotros. ¿Y en dónde más podría encontrar la vida ahora que en sus labios?

Vuelvo a acercarme. Ella hace ademán de detenerme de nuevo, tomo sus manos, las llevo a mis labios, le digo:

-Tu vuelo sale a las seis ¿no? Aun no son las tres y el aeropuerto está a media hora: todavía tienes mucho tiempo… No hay que malgastarlo –le digo, entre irónico y divertido.

Ella sonríe y se queda pensando. No quiero que piensa, que saque más excusas. Así que separo su mano y vuelvo a acercarme. La tomo de la cintura. Nuestros cuerpos quedan muy cerca, nuestros alientos se mezclan y forman una sola corriente, un remolino. Myriam intenta decir algo, pero la interrumpo poniendo, suavemente, mis dedos sobre sus labios:

-Te deseo –le digo- si te vas ahora, no podré dormir en meses, me quedaré tan abatido que no podré hablar de nuevo. Me volveré mudo.

Myriam intenta darme más excusas. Yo la miro… sin pronunciar palabras. Ella se ríe. Habla –me dice. Pero en vez de decir palabras, busco sus mejillas y sus cabellos, y los acaricio.

Ella sigue inmóvil. Soy un adolescente, me digo, esto jamás funcionará. Pero Myriam me mira, y con calidez en su mirada me dice:

-Eres muy dulce.

Acto seguido siento como su cuerpo se relaja, como si las puertas de una gran ciudad fortificada acabaran de caer lentamente, delante de mí, para darme paso.

Intento contener una sonrisa de alegría. Sí que funcionó, me digo. Mis palabras, mis caricias han sido un hechizo sobre ella. Somos dos brujos, dos hechiceros mostrando nuestras destrezas en esta gran habitación: nuestro campo de batalla.

Avanzo unos milímetros y, el pequeño remolino de aire que nos mantenía separados, desaparece. Nuestras bocas, que ya se esperaban, ansiosas, vuelven a encontrarse. Beso con cuidado cada uno de los rincones de sus labios, con la precisión de un pintor que le diera los retoques finales a su obra maestra. Creo que da resultado, porque en pocos segundos ella abre su boca. Ahora son nuestras lenguas quienes se encuentran y luchan como las espadas de dos guerreros desesperados.

El mundo desaparece por completo, estamos en otro lugar, en una época medieval, tal vez: esta es una historia épica, única –me digo- mientras nos comemos a besos. Pero de pronto el castillo se derrumba: ahora debemos habernos trasladado de nuevo, a una pista de baile, o algo así, porque empezamos a avanzar, despacio, apretados uno al otro, como si –aun sin despegar nuestros labios- practicáramos un baile, lento y sensual… hacia su cama.

Yenis VispoLlegamos. Myriam se sienta, mientras mis manos buscan instintivamente sus senos, como si mis manos fueran de metal y los pechos de ella fueran dos grandes imanes.

Son los mismos pechos –me digo, mientras los aprieto- que miré (sonrojado) en el restaurante. Y ahora son míos –pienso. Y eso me excita aún más…

Comienzo a apretarlos, a buscar sus puntas… Todo transcurre muy rápido. Myriam, como fuera de sí, busca ávidamente el broche de mis jeans: los baja, y tras ellos cae mi ropa interior. Mi miembro sale como un caballo salvaje que acabara de quedar libre de un cruel cautiverio. Myriam lo toma, con sus manos, yo cierro los ojos.

De pronto, me asusto, pensando que estoy muerto: porque creo llegar al cielo. Pero abro los ojos y respiro, aliviado: Myriam aún está frente a mí. Así que, sin perder tiempo, nos quitamos los zapatos, mientras me deshago de su blusa y de su sujetador que van a dar a la cama de al lado… junto con mi ropa.

Acuesto sobre la cama a Myriam, que no deja de suspirar y gemir de placer. Le quito los jeans, su ropa interior y me acuesto a su lado, sin penetrarla. Primero, mi boca, convertida en un ávida explorador que no quiere dejar de conocerla: la recorre y explora enteramente, desde el lóbulo de su oreja, hasta sus piernas: se deja caer por su boca, su cuello, sus pechos, su abdomen, probándola en cada parte con la punta de la lengua. Myriam no deja de temblar y apretarme el cabello. Pronto estoy entre sus piernas, pero, aunque el centro está allí, sugerente, esperándome, me voy a los costados del interior de sus piernas y empiezo a rodearla y a recorrerla, haciendo círculos cada vez más cerrados con mi boca y mi lengua, entorno a su centro, como un planeta que, saliéndose cada vez más de su órbita, fuese a dar directamente al sol…

Llego al sol.

Yenis VispoMyriam se contrae y, apretando los puños, levanta su cabeza y su cuello de la cama, como una atleta agotada que intentara hacer el último abdominal. Pero cae. Su cabeza queda totalmente hacia atrás, mientras no deja de retorcerse, como una anguila en un mar revuelto. Yo sigo impasible como una montaña, sin apartar mi cuerpo. Acaricio su centro una y otra vez con mi lengua, primero despacio, como si fuera un débil cachorro frente a un plato con miel, y luego, con la avidez de un hombre que, tras días sin comer, consiguiera frente a sí un plato de mejillones… De pronto siento que un temblor que viene desde el fondo de ella, se expande por todo su cuerpo, casi se diría que, incluso, alcanzando el mío. Vuelve a contraerse, esta vez con más fuerza, quedando la mitad de su cuerpo por encima de la cama. Por último cae, relajada, cerrando despacio sus piernas. Yo me levanto, me acuesto a un lado de ella.

Dicen que el hombre siempre piensa en el sexo; pero nosotros estamos limitados. Es la mujer que puede volver una y otra vez al asunto (al acto, en sí), se diría que infinitamente. Pero la mujer también es quien, sin conocer todas las sensaciones que su cuerpo le puede dar, más se cohíbe. ¿Por qué? Las sociedad nos ha proporcionado todos los prejuicios y creencias posibles, con tal de mantenernos en el carril. Lo único que está bien es ir a la universidad, trabajar, mantenerse ordenados, contados, como ovejas explotadas. Lo demás –obtener placer, disfrutar- está mal.

Así que espero con paciencia que Myriam recupere sus fuerzas, mientras me entretengo arañando y mordiendo suavemente su hombro y su cuello que quedaron, sugerentes, a mi lado. Ella insiste en que debe irse, pero, mis juegos deben de gustarle mucho porque no tarda en volver a sujetar mis cabello e invitarme a sus labios.

Esta vez, me tumbo de una vez sobre ella. Mis partes, me sirven como dedos que tantean su vulva: aún está húmeda. La penetro. Encajamos perfectamente, sin necesidad de buscar su agujero. Empezamos a movernos, también con habilidad, como si fuéramos dos amantes que conocieran sus cuerpos a la perfección. Myriam me susurra al oído que siente como si ya hubiese estado antes conmigo. Yo asiento, pienso en decirle lo mismo, pero prefiero intentar hablarle con mi boca, en su boca… sin palabras…

Un rato después empieza a retorcerse de nuevo: va a acabar, me digo, intentando apresurarme para terminar con ella. Pero no lo consigo. Ella termina. Yo pienso en detenerme: no quiero ser uno de esos chicos pesados que duran años y hacen que su pareja se duerma mientras le hacen el amor. Me rompería el orgullo mirarla y darme cuenta que está aburrida. Pero estoy muy excitado. No puedo dejar de moverme, cada vez más rápido, como si mi vida dependiera de ello.

Aprieto el trasero de Myriam y la empujo hacia mí, mientras me dejo caer a un lado de la cama. Ahora estamos acostados, uno al lado del otro, mientras salgo y entro en ella, cada vez más rápido. Nos besamos. Myriam empieza a gemir nuevamente. ¿Estará a punto de venirse? ¿Otra vez? Sí, siento que ya le falta poco, pero esta vez soy yo quien terminará primero, aunque quisiera que nos viniésemos al mismo tiempo. Lo vi una vez en una película: es maravilloso. Intento contenerme, pero ella me aprieta la espalda y me empuja hacia ella. No pares –me susurra. Eso me saca fuera de mí, vuelvo a moverme con todas mis fuerzas, voy a acabar…

Termino. De mí sale una fuerte descarga que creo que, en vez de venir del lugar esperado, sale de otro, uno que ningún médico jamás podría encontrar. Suelto una segunda, tercera, cuarta, quinta… descarga dentro de ella, cada vez más suave. Y, cuando estoy apunto de lamentarme mentalmente, por no haberme aguantado unos segundos más. Myriam suelta un grito, fuerte, inarticulado, que inunda toda la habitación. Tumba su cabeza hacia atrás y me aprieta la espalda. Su vientre, y todo su cuerpo, comienzan a temblar, esta vez con más fuerza…

***

Hemos llegado juntos. Como en las películas –le digo, sonriendo- minutos después.

-¿Qué? –me contesta. Y eso me da a entender que ella no se ha enterado de nada…

Luego le contaré, pienso.

Quedamos tumbados uno al lado del otro, mirándonos y jadeando, como cachorros anestesiados. Mi pene aún sigue dentro de ella. ¿Por qué salir de aquí? –me dice desde allá adentro. Y tiene razón. El pene es la parte más inteligente del hombre. Es la parte que nació y se estiró, no para poder reproducirse, sino porque, de alguna forma, sabía que en el mundo no encontraría un lugar mejor que la cálida, húmeda y palpitante matriz de una mujer…

La habitación y nuestra cama queda en silencio, sin movimiento. Apenas se siente el latido, la corriente de nuestro aliento y el calor de nuestros cuerpos. Ambos, abrazados, somos como una gran y hermosa matriz…

Myriam está luchando por no quedarse dormida… Allá afuera suenan unos disparos, luego unos gritos, patrullas de policía, ambulancias… Myriam se despierta, asustada…

Allá afuera –pienso- todo es confusión, gritos, peleas por dinero, posición, poder. Acá adentro, uno está tranquilo, feliz. Y de gratis. Sin necesidad de mayor cosa. ¿Qué le importan a dos cuerpos realmente excitados qué clase de habitación sea, con tal que haya la suficiente seguridad y comodidad para poder entregarse con pasión? ¡Y tampoco hay necesidad de que sea una amante, de que haya sexo! ¿Cuantas noches enteras pase al lado de mi hermana menor, simplemente acariciando sus cabellos, mientras la veía dormir? Hasta con mi dálmata, que me acompañaba veladas enteras mientras leía algún libro en casa. ¡Cuan bien me sentía aquellos días! Sin embargo, mi corazón, movido por alguna extraña ansiedad que aun conservo, me incitó a venirme a esta capital… a buscar algo más… ¿Qué? La única respuesta que encuentro es un nombre: Michelle. Porque sé de antemano que: aún teniendo el poder, todo el dinero, todas las medallas y condecoraciones… incluso todo un país en las manos, no se llega a ser feliz.

Son los presidentes quienes, de hecho, parecen más desquiciados. En USA, por ejemplo, Bush no conforme con todo el poder de su nación, envía soldados a Irak a que mueran… por petroleo. Destruye familias, matrices… vida… a cambio de petroleo… ¿Hay algo más absurdo? ¿Estaré yo equivocado? ¿Será el petroleo la fuente de la verdadera felicidad?

Miro a mi país: no, me respondo. Acá, donde tendríamos todo para vivir felices y contentos, no tenemos ni la seguridad para salir a la calle, tranquilos, sin pensar que en cualquier momento vamos a oír la temida frase: dame tu dinero o te mato, mientras nos apuntan con una escopeta.

Pobreza en VenezuelaPero mientras esto pasa, el presidente y su gobierno siguen en su lucha… contra fantasmas… Hablándole de revoluciones y socialismo a un pueblo que muere arropado por el hambre, la suciedad, la desidia, el descuido, la delincuencia y la pobreza. Armando parapetos en Argentina, por ejemplo, donde se gastan millones de bolívares y dólares que podrían servir para abastecer hospitales, construir casas, escuelas…

Si nuestros presidentes fueran capaces de apreciar lo más básico y hermoso de la vida, si conocieran aquel lugar húmedo y cálido que palpita y es como una metáfora que nos invita a conocer otra forma de vivir… una donde no hace falta matarse y atropellarse unos a otros en busca de una utopía. En busca de nada…

Myriam, despierta por los gritos, disparos, explosiones, cornetas, que no dejan de oírse allá afuera… Me mira e interrumpe mis pensamientos con la tan conocida pregunta:

-¿En qué piensas?

-En que creo que tengo serias razones para pensar que Bush y Chávez son impotentes…

-¿QUÉ? –Me responde entre extrañada y divertida…

-Ah… Ya tengo otra cosa que contarte, luego… -le respondo mientras la abrazo…

Tumbados, uno al lado del otro, aún dentro de ella, empiezo a sentir en mis partes, como si un pequeño cangrejo de goma me apretara y me soltara con sus tenazas, de goma… Miro a Myriam, que se sonroja y me aparta la mirada. Mientras siento, con gran placer, como me aprietan y me sueltan ahora con más fuerza…

-¿Tan rápido? –me dice ella, que acaba de sentir como vuelvo a recuperar la erección…

___________

La modelo de las fotos es Yenis Vispo. Puedes visitar su página aquí, después de dejarme un comentario, claro está.

Un abrazo a todos. Espero que estén bien.

«Esta es mi habitación» Me dice Myriam, mientras la puerta se cierra tras nosotros, dejándonos sumergidos en otra dimensión, donde sólo existimos nosotros dos y mi anhelo por tenerla.

Le doy un rápido vistazo al enorme cuarto. Myriam repara en mí, me dice «Y pensar que me quedé aquí sola con todo esto. Hasta tiene varios ambientes. Mira.» Camino con ella mientras pienso que yo pude acompañarla anoche; pero guardo silencio, dentro y fuera de mí ¿De qué vale lamentarse por cortos sucesos del pasado, cuando hay un futuro enorme lleno de personas, lugares y situaciones para intentarlo una y otra vez?

«Aquí fue donde dormí y aquí está mi equipaje; cuando llegaste, ya me faltaba poco para terminar.» Myriam se inclina para terminar de ordenar y cerrar las maletas. Me quedo inmóvil viendo su figura moverse. Siento una cálida agitación, como si todo el vino que bebí empezara a bullir por todo mi cuerpo, clamándome porque me acerque a ella. Hago ademán de avanzar, pero me detengo. «Es demasiada mujer para mí –pienso crudamente-, ¿Quién soy yo para pretender acercarme así, sólo porque me dejó entrar en su cuarto? Al menor intento de llegar a ella o al menor gesto sensual que haga, perderá el brillo que su mirada me dirige y me verá como si yo sólo fuera un demente, un aprovechado. Me dirá que todo ha sido un error y me correrá de la habitación.»

«Estoy lista» me dice. Yo, que apenas la oigo, callo. «¿Te pasa algo?» «No. No es nada» Contesto con una sonrisa forzada.

Pasan unos segundos, ambos estamos uno frente al otro, en silencio, Myriam me mira como si esperara que yo dijera algo. Yo sigo sin moverme ni decidir palabra. Incluso, me sorprendo deseando que todo esto termine ya: tal vez volver a la comodidad y tranquilidad de la oficina. «Sí, porque debo tener trabajo atrasado y estarán preocupados por mí»; pienso para justificarme.

«Bien. Vamos.» dice ella, caminando hacia la puerta. Yo la sigo.

Llegamos. Myriam hace girar la llave, pienso que sólo me quedan un par de segundos para actuar o me arrepentiré después. ¿Qué importa el trabajo, los títulos, las edades, los compromisos y todo lo demás cuando hay verdadera pasión de por medio? Levanto mi mano para sujetar la de Myriam que está apunto de abrir la puerta; en un instante, sólo es mi mano lo único que se me mueve, lo demás, el universo entero, se paraliza. Las balas que avanzan para alcanzar a sus víctimas, se detienen, se detiene la onda expansiva de las bombas que estallan, se detiene el hambre que cada segundo mata a más niños. En un segundo ya no hay más guerras, ni conflictos, ni desastres, ni muertes, todo se detiene. Pero no tengo fuerzas suficientes. Fallo. Mi mano se desploma, el universo sigue su curso allá afuera. Yenis Vispo «Si tuviésemos el valor de llevar una vida más auténtica… todo sería mejor, para todos…» alcanzo a pensar, mientras mi brazo cae, abatido y mi corazón se comprime en un pesado malestar. Suspiro. Myriam se da cuenta y voltea. Me mira inquisitiva, sin decir palabra, quizás sepa que si me pregunta igual no responderé. Yo subo la vista, quedamos mirándonos fijamente. Mis ojos clavados en los suyos parecen filosos y brillantes colmillos que intentan sujetar a su presa con ávido deseo. No pienso ni puedo hacer nada para apartar mi mirada. Myriam se queda sorprendida e intenta decir algo pero no la dejo terminar. Con la suavidez y precisión de un gato llego con mi mano a su espalda y la empujo ligeramente hacia mí. Ahora quedamos a unos milímetros el uno del otro y mi respiración, que se ha vuelto más rápida, deja caer sobre sus labios una cálida corriente, como si intentara prepararlos para lo que va a venir. Myriam por una u otra razón no se mueve ni dice nada. Pero yo tampoco me ocupo en pensar en razones o explicaciones. Sólo me acerco unos milímetros más a ella…

La beso.

Vacío

…Es cuanto me dejaste.

¡Pero no me pidas perdón!

Porque sé que también me extrañas…

Porque sé que la vida es cruel,

y el tiempo irreparable

y nosotros fuimos demasiado débiles…

…para esperarnos

Porque es difícil esperar el amor, cuando no sabes qué es el amor,

cuando lo único que encuentras alrededor,

es posible compañía.

“Si pudiera un momento, uno solo, estrecharla contra mi corazón, todo este vacío se llenaría”. Goethe - “Werther”

Próximo post: Continuación de mi historia. Disculpen el off-topic. A veces recuerdo que éste es mi blog personal.

Un abrazo a todos.

La rutina -aquello que hacemos cada día para subsistir- es tediosa, aburrida. Ninguna hora es más lenta que la hora que falta para salir del trabajo. Ningún minuto es más lento que el minuto antes que toquen el timbre de receso o salida. Los momentos maravillosos se nos hacen muy cortos. Ningún tiempo transcurre más rápido que estando en brazos de la persona amada. Ninguno más lento que esperando su llegada. Sin embargo… cuando damos la vuelta y recordamos ¿Acaso no es de aquellos momentos importantes de los que más recuerdos guardamos?, Mientras que, los momentos tediosos -aquellos que parecían abarcar muchísimo tiempo- pueden ser recordados brevemente… y resumidos en un par de palabras…

Así la mañana pasó en un abrir y cerrar de ojos. A las doce salí de la oficina como un cohete: «En media hora vuelvo», dije.

Media hora después estaba frente al centro comercial donde me vería con Myriam.

Aún no estaba lista, así que, para no quedar atrapado otra vez en un momento tedioso decidí llegar caminando hasta su hotel, que estaba cerca. ¿Cuál era? Estaba convencido que el primero al que llegué con mi jefe. Tanto que me limite a decir: «Estoy abajo, en el lobby». Cruzando los dedos a ver si ella me decía. «Mi habitación es la tal. Sube.» Para ayudarla a arreglar maletas, por ejemplo…

Naturalmente, me quedé en el lobby; pero, entre imaginar cosas, pasó el tiempo hasta que, levantando mi cabeza por intuición, sorprendí a una mujer blanca, alta, casi de mi estatura, delgada, con un cuerpo increíble, adornado por un cabello que caía por sus hombros, sin vacilar en su camino, y de un color tan negro como el infinito y brillante, como alumbrado por estrellas: sus ojos, que saludaban joviales, como si fueran parte de su sonrisa. «Es más hermosa de lo que pensé» musitaba para mis adentros mientras la saludaba con un abrazo, y, por dentro, discutía conmigo mismo: «Jamás podre estar con una mujer así» «Si sigues pensando de esa manera, de seguro no lo estaremos» «Pero ¡Mírala! Es hermosa, además es mayor que yo, seguro tiene a 10000 hombres más valiosos a sus pies, ¿por qué qué querría estar conmigo?» «No lo sé, pero si hay alguna posibilidad la esfumaremos auto-limitándonos de esa forma. ¿Por qué no intentarlo? ¿No es mejor luchar y fracasar que quedar de brazos cruzados viendo como la vida nos pasa por encima?» «Tal vez tengas razón…» «Allí está el restaurante, empecemos allí, es más sensual, privado y romántico que un centro comercial lleno de sub-humanos» «Además está más cerca de su habitación…»

***

Sentados ya, empezamos a conversar lo habitual, que si trabajo aquí o allá, que si es la segunda vez que vengo a Caracas por un curso, ¿las cosas donde vivo? todo bien… ¿y tú? ¿no tienes que volver a la oficina? eh, no… no… Me dieron la tarde libre (debería apagar el teléfono antes que empiece a sonar) ¿Y Tienes poco tiempo en Caracas? No, trabajé un año en el Ministerio de la Epilepsia ¿Por qué te retiraste? El sueldo era bajo, además estaba harto de los métodos epilépticos con que pretendían hacer todo ¿Cómo? Sí, un mes sin hacer nada y de repente, como por obra de la epilepsia, el ministro, pretendía que reconstruyéramos el país en un día, naturalmente, con un ataque epiléptico, no es mucho lo que se puede hacer… un parapeto, era lo máximo. ¿Pero que nadie reclamaba nada luego? Por supuesto que no, el parapeto soportaba lo suficiente para presentarlo ¿Y luego? Pues ya venía otra vez el tiempo de calma, luego un nuevo ataque epiléptico y estábamos todos demasiado ocupados para darnos cuenta que el parapeto anterior se había caído, levantando polvo (o noticias, como quieras llamarlo) y terminando de empeorar la situación que ya venía mal… Pero, dime algo ¿Cómo entraste a trabajar allí? ¿Ya estás graduado? No, me retiré de la Universidad, en octavo semestre. No te sorprendas, es que no resistía más: los profesores nunca iban, nunca daban clases, las veces que un profesor excelente que venía con 200 postgrados de España, por decir algo, quería concursar y dar clases en nuestra Universidad de Macondo, porque el pueblo le recordaba a aquella novela o algo así… pues, algún ingeniero agrónomo que sabe tanto de informática como yo de griego, llegaba con una franela roja, gritando: ¡Que viva la revolución! y se quedaba con el puesto. Lo ponían a dar redes, por ejemplo, y se pasaba todo el semestre repitiéndonos: “Qué es una red”.

De cualquier forma, si eras amigo del profesor, del coordinador, del decano, de la secretaria, de la señora que limpiaba los baños… pasabas la materia, con buena nota. ¿Para qué estudiar? Sólo tenías que ser sociable y comprar franelas rojas. ¿Universidad? Nada más lejos de esa palabra. ¿Los demás no se quejaban? Uno que otro… pero al final desistían. Si protestabas demasiado te arrojaban un parcial imposible de responder, sin previo aviso ni explicación. ¿Ustedes no quieren nivel? Agarren ahí -decía el ingeniero agrónomo. Así que era mejor callarse y pensar que la ropa, los computadores, la comida, los autos, el combustible, todo caía del cielo sin necesidad de trabajar… La revolución era abrir la boca para pedir y esperar sentado…

Sí, yo se que me faltan dos semestres, y tal vez los termine, pero si me arrepiento de algo, es no haberme retirado mucho antes. Falta de valor, me imagino.

«Dos copas de vino blanco» me interrumpió Myrian, quien hasta ahora me oía jovial, para atender al mesonero que acababa de traer la carta.

Yo caí en cuenta que llevaba un rato contando mis cosas sin preocuparme en decir algo para seducirla, como hacía con otras chicas, ¿Qué importa de que se hable si al final todo termina con un buen polvo? Pero no encontraba forma de desviarme, era como si llevara años con un cúmulo de cosas dentro y sin nadie que pudiese oírme, de verdad. Y ella sí que podía; así que la charla se prolongó un par de copas de vino más…

Hasta hablamos de política (como todo venezolano siempre termina por hablar). «El presidente dice que está mal ver estas mujeres semi desnudas que salen en las novelas de la noche -dijo Myriam-, pero cuando andamos por la autopista y tenemos que ver la cara del presidente diez mil veces en cuanto poste o pared haya ¿Eso no está mal? Aún siendo mujer creo que es más agradable verle los senos a otra mujer…» Como por instinto y, sin darme cuenta, bajé la mirada a sus pechos, que destacaban, orgullosos, como el arma de un soldado escondido en un búnquer. Myriam y yo caímos en cuenta de la situación y quedamos incómodos, sonrojados, después de todo ya yo conocía esos senos, por esas fotos y esos poemas que en secreto compartíamos… públicamente. «¿Comemos?» se apresuró a decir ella… «Sí»

***

Salimos del restaurante. Myriam aún tenía varias horas más antes de irse y yo muchas ganas de seguir con ella, así que, antes de que hiciera ademán para despedirse de mí, le pregunté si podía acompañarla a su habitación… a terminar de empacar… Antes de responderme, recibí una llamada, cuando contesté me di cuenta que era de la empresa: «¿Dónde estás? Necesitamos que vengas porque hay un asunto muy, muy urgente que…» Apagué el teléfono. «¿Quien era?» pregunto ella. «Número equivocado -dije- querían hablar con un tal Sr. Okinawa… Ni idea» «Bien… Sí puedes acompañarme, el ascensor está por acá…»

(Continuará)

Termino de escribir. Releo. Parece que he dejado la mitad de mi pena en aquellas palabras. Pero aún sigo inquieto:

-dame un par de minutos y salimos -me dijo mi jefe.

«Ya han pasado más de cinco». Pienso mirando el reloj de pared. Es curioso, el reloj está allá pero sus agujas parecen astillas de metal oxidadas que se agitaran en mi pecho. Cada segundo que pasa, duele, arde. Temo que Myriam se vaya a dormir, que no lleguemos a tiempo.

Me levanto a buscar a mi jefe. Cuando llego a la puerta, me tropiezo con él.

-Vamos -me dice jovial.

Son más de las nueve. Las calles están solas. La ciudad empieza a dormitar. De noche las autopistas se ven tan tranquilas y apacibles. De día todo es caos. Tal vez por eso me enamoré de Caracas: porque siempre iba a visitarla de noche.

***

Mi jefe intenta disculparse por dejarme esperando. Replico que no hay problema, que soy yo quien debe disculparse por el imprevisto. «Espero que entienda -le digo- estas cosas no suceden a menudo.» «No suceden nunca, en realidad…» Pienso.

Acto seguido le suelto con calma todo el cuento desde que vi a Myriam conectada.

-Me parece muy bien -responde- ¿Y desde cuando la conoces?

-Ese es el problema. Nunca nos hemos visto.

-¿Cómo dices?

-No nos conocemos en persona.

Mi jefe me mira perplejo, como si me gritara: ¿Y CREES QUE UNA CHICA TE VA A DEJAR ESTAR CON ELLA AS� COMO AS� A ESTA HORA, A SOLAS Y SIN CONOCERTE?

Yo intento explicar que ambos somos escritores y poetas y por eso hay más confianza. No parece muy convencido.

-Somos como masones -le explico, por decir algo.

-Entiendo -contesta tratando de aceptar la idea.

-Y aunque anda sola, su habitación tiene veinte camas, fue lo único que había disponible.

-Y de ti depende en cual cama quedarás…

-Exacto -respondo con nostalgia.

En el fondo tal vez sólo soy un soñador -me digo-, una persona que no quiere madurar y aceptar que vive en un mundo sin aventuras, cosas nuevas, imprevistas…

-Llegamos -dice mi jefe, interrumpiendo mis pensamientos. Volteo: ahí está el Centro Comercial Muchas Tiendas.

Empezamos a mirar alrededor. Quedamos perplejos: hay como mínimo veinte hoteles. Con temor le pregunto a mi jefe si aún creer saber cual es. Mi jefe no contesta. Me hundo en el asiento. Llegamos al primer hotel, a dos cuadras del centro comercial.

***

Esa noche visitamos alrededor de veinte sitios. Pero, curiosamente, en el primero, fue en el único que me detuve con calma. Me paré frente al restaurante y me quedé observando, como si pudiese ver juntos, sentados a una de las mesas, el reflejo de Myriam y el mío, provenientes de alguna extraña dimensión ajena a esta, donde sí que existían aventuras y todo era perfecto.

Por supuesto que no había habitaciones. De todas formas insistí en preguntarle a la recepcionista si el hotel tenía habitaciones de veinte camas (como en la que Myriam me había dicho que estaba). Ella me dijo que no mirándome extrañada, y regresé al auto.
Cuando dimos la vuelta a la manzana y vi la parte de atrás del hotel con todas las ventanas de las habitaciones, me dije, «tras una de estas ventanas está ella».

Sin la menor esperanza de estar con Myriam aquella noche, lo demás sucedió muy rápido. Sólo había que encontrar una cama vacía y acostarse a dormir. Sin más. Así que luego de dar muchas vueltas, encontramos habitación.

El cuarto era carísimo, el doble de lo que costaría una suite en un buen hotel en otra ciudad del interior. Pero mi jefe pagó con una sonrisa, complacido de que al fin se desharía de mí y podría irse a casa a descansar. Le quedaban dos horas antes de tener que levantarse nuevamente para ir al aeropuerto.

***

Cuando entré al cuarto, estuve a punto de golpearme la nariz con la pared de enfrente. La habitación medía diez metros cuadrados o algo así. Por un momento temblé pensando que ni siquiera tenía baño; pero al final encontré una puertica, donde tuve que caminar de medio lado para poder entrar.

Ya en la cama, para tratar de distraerme y evitar seguir comiéndome la cabeza pensando porqué había caído yo en esta dimensión y no en la otra, encendí el TV.

En The Fuck Channel estaba empezando una película: “La diva más puta”. Había una chica rodeada de quince tipos que no dejaban de tocarla por todas partes…

Cambie de canal.

-Les presentamos el nuevo, auténtico y revolucionario producto con el que usted podrá…

Otro cambio de canal.

Caricaturas. Gokú recién convertido en super sayayin exclama: ¡Al fin llegó tu hora freezer!.

Apago el TV. Me dejo caer sobre la cama. Empieza a sonar el chirrido de una cama, no es la mía, por supuesto, porque estoy solo, y no me muevo. Oigo unos gritos que se van haciendo más intensos. Lo que faltaba. De pronto todo queda en silencio. Respiro profundo. Estoy cansado, harto, no tiene sentido seguir con esta vida absurda. La Muerte hace mover las cortinas. Me levanto, las quito, hay un pequeño balcón allí afuera. Es todo lo que necesito, me digo. Saltar y ya. Salgo al balcón, me inclino. Es el fin…

No. Estoy en un primer piso.

El vigilante me mira asombrado. ¿Le pasa algo caballero? No, no es nada. Y vuelvo a mi cuarto a intentar dormirme.

***

4 a.m.

El teléfono suena.

-¿Myriam? -contesto

El teléfono sigue sonando: es el de la recepción.

Me sobresalto. ¿Pasó algo? ¿Se estará quemando el hotel? Digo buscando instintivamente mis jeans, mientras contesto:

-Señor Okinawa, disculpe -tiene usted una llamada

-¿QUÉ?

-Tiene usted una llamada de la señora Susan.

-¿QUIEN?

-¿Usted no es el señor Okinawa, el dueño de la fábrica de Barniz?

-¿CÓMO?

-Tiene usted una llamada…

-Disculpe caballero. Estoy durmiendo. Y no sé de qué me habla.

-Hay una señora que dice que el señor Okinawa está en esta habitación, ¿Se la comunico?

-¿Pero qué clase de hotel es éste? ¿No tiene usted una ficha con mi nombre?

-¡Rupertina! ¿Dónde están las fichas? -Se oye que preguntan desde la recepción.

Cuelgo el teléfono. Intento volver a dormirme. Dos minutos después el teléfono vuelve a sonar.

-¿Señor Okinawa?

Desconecto el teléfono y lo arrojo al balcón. Vuelvo a intentar dormir. Pero empiezo a repasar el día anterior, tal como si acabara de despertarme.

A las seis; dos horas después de dar vueltas en la cama, entre dormido y despierto, suena mi móvil: es un mensaje, de Myriam.

-Disculpa. Ayer me llamó mi familia y hablamos por casi una hora, después me pareció que era muy tarde y me acosté. ¿No estás molesto?

Pienso, tengo ganas de decirle que lo dejemos todo hasta aquí, que nos olvidemos del asunto, que no me importa en lo absoluto; y cuando estoy apunto de escribirle esto, me llega otro mensaje, de ella:

-¿Qué dices si nos vemos al mediodía y almorzamos? Mi vuelo sale a las seis.

-Perfecto. -le respondo.

¿Cómo te Sientes Hoy?

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Duilio / Venezuela

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Cita

"Nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía." Simón Bolívar.

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