Myriam suspira mientras da un paso atrás. El suspiro que suelta es como la estela de un cometa. Yo, hipnotizado, siento que sin sus labios moriré como un pez fuera del mar. Me acerco.
Ella me pone una mano en el pecho, y sus dedos bloqueandome el paso son un cruel conjuro que me vuelve a convertir de pez a hombre. Estoy de nuevo en Caracas, con responsabilidades, trabajos, una oficina que me espera. Toda esa vida que parece muy organizada y correcta, pero en el fondo nadie quiere. O al menos yo no quiero. Intento acercarme otra vez:
-No. Se me hace demasiado tarde. Debo ir al aeropuerto –contesta
Saco mi móvil; es tarde sÃ, pero aun hay tiempo más que suficiente. La miro. Quiero que mis ojos le digan que aun hay tiempo. ¿Para qué hablar? ¿Por qué hacen falta argumentos en un momento como éste? Hay veces que poder hablar nos hace seres inferiores. Cuando hablamos sin parar y sin decir nada, cuando sólo decimos tonterÃas, o cuando las palabras son obstáculos para alcanzar la vida que siempre sonrÃe frente a nosotros. ¿Y en dónde más podrÃa encontrar la vida ahora que en sus labios?
Vuelvo a acercarme. Ella hace ademán de detenerme de nuevo, tomo sus manos, las llevo a mis labios, le digo:
-Tu vuelo sale a las seis ¿no? Aun no son las tres y el aeropuerto está a media hora: todavÃa tienes mucho tiempo… No hay que malgastarlo –le digo, entre irónico y divertido.
Ella sonrÃe y se queda pensando. No quiero que piensa, que saque más excusas. Asà que separo su mano y vuelvo a acercarme. La tomo de la cintura. Nuestros cuerpos quedan muy cerca, nuestros alientos se mezclan y forman una sola corriente, un remolino. Myriam intenta decir algo, pero la interrumpo poniendo, suavemente, mis dedos sobre sus labios:
-Te deseo –le digo- si te vas ahora, no podré dormir en meses, me quedaré tan abatido que no podré hablar de nuevo. Me volveré mudo.
Myriam intenta darme más excusas. Yo la miro… sin pronunciar palabras. Ella se rÃe. Habla –me dice. Pero en vez de decir palabras, busco sus mejillas y sus cabellos, y los acaricio.
Ella sigue inmóvil. Soy un adolescente, me digo, esto jamás funcionará. Pero Myriam me mira, y con calidez en su mirada me dice:
-Eres muy dulce.
Acto seguido siento como su cuerpo se relaja, como si las puertas de una gran ciudad fortificada acabaran de caer lentamente, delante de mÃ, para darme paso.
Intento contener una sonrisa de alegrÃa. Sà que funcionó, me digo. Mis palabras, mis caricias han sido un hechizo sobre ella. Somos dos brujos, dos hechiceros mostrando nuestras destrezas en esta gran habitación: nuestro campo de batalla.

Avanzo unos milÃmetros y, el pequeño remolino de aire que nos mantenÃa separados, desaparece. Nuestras bocas, que ya se esperaban, ansiosas, vuelven a encontrarse. Beso con cuidado cada uno de los rincones de sus labios, con la precisión de un pintor que le diera los retoques finales a su obra maestra. Creo que da resultado, porque en pocos segundos ella abre su boca. Ahora son nuestras lenguas quienes se encuentran y luchan como las espadas de dos guerreros desesperados.
El mundo desaparece por completo, estamos en otro lugar, en una época medieval, tal vez: esta es una historia épica, única –me digo- mientras nos comemos a besos. Pero de pronto el castillo se derrumba: ahora debemos habernos trasladado de nuevo, a una pista de baile, o algo asÃ, porque empezamos a avanzar, despacio, apretados uno al otro, como si –aun sin despegar nuestros labios- practicáramos un baile, lento y sensual… hacia su cama.
Llegamos. Myriam se sienta, mientras mis manos buscan instintivamente sus senos, como si mis manos fueran de metal y los pechos de ella fueran dos grandes imanes.
Son los mismos pechos –me digo, mientras los aprieto- que miré (sonrojado) en el restaurante. Y ahora son mÃos –pienso. Y eso me excita aún más…
Comienzo a apretarlos, a buscar sus puntas… Todo transcurre muy rápido. Myriam, como fuera de sÃ, busca ávidamente el broche de mis jeans: los baja, y tras ellos cae mi ropa interior. Mi miembro sale como un caballo salvaje que acabara de quedar libre de un cruel cautiverio. Myriam lo toma, con sus manos, yo cierro los ojos.
De pronto, me asusto, pensando que estoy muerto: porque creo llegar al cielo. Pero abro los ojos y respiro, aliviado: Myriam aún está frente a mÃ. Asà que, sin perder tiempo, nos quitamos los zapatos, mientras me deshago de su blusa y de su sujetador que van a dar a la cama de al lado… junto con mi ropa.
Acuesto sobre la cama a Myriam, que no deja de suspirar y gemir de placer. Le quito los jeans, su ropa interior y me acuesto a su lado, sin penetrarla. Primero, mi boca, convertida en un ávida explorador que no quiere dejar de conocerla: la recorre y explora enteramente, desde el lóbulo de su oreja, hasta sus piernas: se deja caer por su boca, su cuello, sus pechos, su abdomen, probándola en cada parte con la punta de la lengua. Myriam no deja de temblar y apretarme el cabello. Pronto estoy entre sus piernas, pero, aunque el centro está allÃ, sugerente, esperándome, me voy a los costados del interior de sus piernas y empiezo a rodearla y a recorrerla, haciendo cÃrculos cada vez más cerrados con mi boca y mi lengua, entorno a su centro, como un planeta que, saliéndose cada vez más de su órbita, fuese a dar directamente al sol…
Llego al sol.
Myriam se contrae y, apretando los puños, levanta su cabeza y su cuello de la cama, como una atleta agotada que intentara hacer el último abdominal. Pero cae. Su cabeza queda totalmente hacia atrás, mientras no deja de retorcerse, como una anguila en un mar revuelto. Yo sigo impasible como una montaña, sin apartar mi cuerpo. Acaricio su centro una y otra vez con mi lengua, primero despacio, como si fuera un débil cachorro frente a un plato con miel, y luego, con la avidez de un hombre que, tras dÃas sin comer, consiguiera frente a sà un plato de mejillones… De pronto siento que un temblor que viene desde el fondo de ella, se expande por todo su cuerpo, casi se dirÃa que, incluso, alcanzando el mÃo. Vuelve a contraerse, esta vez con más fuerza, quedando la mitad de su cuerpo por encima de la cama. Por último cae, relajada, cerrando despacio sus piernas. Yo me levanto, me acuesto a un lado de ella.
Dicen que el hombre siempre piensa en el sexo; pero nosotros estamos limitados. Es la mujer que puede volver una y otra vez al asunto (al acto, en sÃ), se dirÃa que infinitamente. Pero la mujer también es quien, sin conocer todas las sensaciones que su cuerpo le puede dar, más se cohÃbe. ¿Por qué? Las sociedad nos ha proporcionado todos los prejuicios y creencias posibles, con tal de mantenernos en el carril. Lo único que está bien es ir a la universidad, trabajar, mantenerse ordenados, contados, como ovejas explotadas. Lo demás –obtener placer, disfrutar- está mal.
Asà que espero con paciencia que Myriam recupere sus fuerzas, mientras me entretengo arañando y mordiendo suavemente su hombro y su cuello que quedaron, sugerentes, a mi lado. Ella insiste en que debe irse, pero, mis juegos deben de gustarle mucho porque no tarda en volver a sujetar mis cabello e invitarme a sus labios.
Esta vez, me tumbo de una vez sobre ella. Mis partes, me sirven como dedos que tantean su vulva: aún está húmeda. La penetro. Encajamos perfectamente, sin necesidad de buscar su agujero. Empezamos a movernos, también con habilidad, como si fuéramos dos amantes que conocieran sus cuerpos a la perfección. Myriam me susurra al oÃdo que siente como si ya hubiese estado antes conmigo. Yo asiento, pienso en decirle lo mismo, pero prefiero intentar hablarle con mi boca, en su boca… sin palabras…
Un rato después empieza a retorcerse de nuevo: va a acabar, me digo, intentando apresurarme para terminar con ella. Pero no lo consigo. Ella termina. Yo pienso en detenerme: no quiero ser uno de esos chicos pesados que duran años y hacen que su pareja se duerma mientras le hacen el amor. Me romperÃa el orgullo mirarla y darme cuenta que está aburrida. Pero estoy muy excitado. No puedo dejar de moverme, cada vez más rápido, como si mi vida dependiera de ello.
Aprieto el trasero de Myriam y la empujo hacia mÃ, mientras me dejo caer a un lado de la cama. Ahora estamos acostados, uno al lado del otro, mientras salgo y entro en ella, cada vez más rápido. Nos besamos. Myriam empieza a gemir nuevamente. ¿Estará a punto de venirse? ¿Otra vez? SÃ, siento que ya le falta poco, pero esta vez soy yo quien terminará primero, aunque quisiera que nos viniésemos al mismo tiempo. Lo vi una vez en una pelÃcula: es maravilloso. Intento contenerme, pero ella me aprieta la espalda y me empuja hacia ella. No pares –me susurra. Eso me saca fuera de mÃ, vuelvo a moverme con todas mis fuerzas, voy a acabar…
Termino. De mà sale una fuerte descarga que creo que, en vez de venir del lugar esperado, sale de otro, uno que ningún médico jamás podrÃa encontrar. Suelto una segunda, tercera, cuarta, quinta… descarga dentro de ella, cada vez más suave. Y, cuando estoy apunto de lamentarme mentalmente, por no haberme aguantado unos segundos más. Myriam suelta un grito, fuerte, inarticulado, que inunda toda la habitación. Tumba su cabeza hacia atrás y me aprieta la espalda. Su vientre, y todo su cuerpo, comienzan a temblar, esta vez con más fuerza…
***
Hemos llegado juntos. Como en las pelÃculas –le digo, sonriendo- minutos después.
-¿Qué? –me contesta. Y eso me da a entender que ella no se ha enterado de nada…
Luego le contaré, pienso.
Quedamos tumbados uno al lado del otro, mirándonos y jadeando, como cachorros anestesiados. Mi pene aún sigue dentro de ella. ¿Por qué salir de aquÃ? –me dice desde allá adentro. Y tiene razón. El pene es la parte más inteligente del hombre. Es la parte que nació y se estiró, no para poder reproducirse, sino porque, de alguna forma, sabÃa que en el mundo no encontrarÃa un lugar mejor que la cálida, húmeda y palpitante matriz de una mujer…
La habitación y nuestra cama queda en silencio, sin movimiento. Apenas se siente el latido, la corriente de nuestro aliento y el calor de nuestros cuerpos. Ambos, abrazados, somos como una gran y hermosa matriz…
Myriam está luchando por no quedarse dormida… Allá afuera suenan unos disparos, luego unos gritos, patrullas de policÃa, ambulancias… Myriam se despierta, asustada…
Allá afuera –pienso- todo es confusión, gritos, peleas por dinero, posición, poder. Acá adentro, uno está tranquilo, feliz. Y de gratis. Sin necesidad de mayor cosa. ¿Qué le importan a dos cuerpos realmente excitados qué clase de habitación sea, con tal que haya la suficiente seguridad y comodidad para poder entregarse con pasión? ¡Y tampoco hay necesidad de que sea una amante, de que haya sexo! ¿Cuantas noches enteras pase al lado de mi hermana menor, simplemente acariciando sus cabellos, mientras la veÃa dormir? Hasta con mi dálmata, que me acompañaba veladas enteras mientras leÃa algún libro en casa. ¡Cuan bien me sentÃa aquellos dÃas! Sin embargo, mi corazón, movido por alguna extraña ansiedad que aun conservo, me incitó a venirme a esta capital… a buscar algo más… ¿Qué? La única respuesta que encuentro es un nombre: Michelle. Porque sé de antemano que: aún teniendo el poder, todo el dinero, todas las medallas y condecoraciones… incluso todo un paÃs en las manos, no se llega a ser feliz.
Son los presidentes quienes, de hecho, parecen más desquiciados. En USA, por ejemplo, Bush no conforme con todo el poder de su nación, envÃa soldados a Irak a que mueran… por petroleo. Destruye familias, matrices… vida… a cambio de petroleo… ¿Hay algo más absurdo? ¿Estaré yo equivocado? ¿Será el petroleo la fuente de la verdadera felicidad?
Miro a mi paÃs: no, me respondo. Acá, donde tendrÃamos todo para vivir felices y contentos, no tenemos ni la seguridad para salir a la calle, tranquilos, sin pensar que en cualquier momento vamos a oÃr la temida frase: dame tu dinero o te mato, mientras nos apuntan con una escopeta.
Pero mientras esto pasa, el presidente y su gobierno siguen en su lucha… contra fantasmas… Hablándole de revoluciones y socialismo a un pueblo que muere arropado por el hambre, la suciedad, la desidia, el descuido, la delincuencia y la pobreza. Armando parapetos en Argentina, por ejemplo, donde se gastan millones de bolÃvares y dólares que podrÃan servir para abastecer hospitales, construir casas, escuelas…
Si nuestros presidentes fueran capaces de apreciar lo más básico y hermoso de la vida, si conocieran aquel lugar húmedo y cálido que palpita y es como una metáfora que nos invita a conocer otra forma de vivir… una donde no hace falta matarse y atropellarse unos a otros en busca de una utopÃa. En busca de nada…
Myriam, despierta por los gritos, disparos, explosiones, cornetas, que no dejan de oÃrse allá afuera… Me mira e interrumpe mis pensamientos con la tan conocida pregunta:
-¿En qué piensas?
-En que creo que tengo serias razones para pensar que Bush y Chávez son impotentes…
-¿QUÉ? –Me responde entre extrañada y divertida…
-Ah… Ya tengo otra cosa que contarte, luego… -le respondo mientras la abrazo…
Tumbados, uno al lado del otro, aún dentro de ella, empiezo a sentir en mis partes, como si un pequeño cangrejo de goma me apretara y me soltara con sus tenazas, de goma… Miro a Myriam, que se sonroja y me aparta la mirada. Mientras siento, con gran placer, como me aprietan y me sueltan ahora con más fuerza…
-¿Tan rápido? –me dice ella, que acaba de sentir como vuelvo a recuperar la erección…
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La modelo de las fotos es Yenis Vispo. Puedes visitar su página aquÃ, después de dejarme un comentario, claro está.
Un abrazo a todos. Espero que estén bien.