Orgasmo. No puedo quitarme esa palabra de mi cabeza. No puedo dejar de imaginarla encima de mÃ, jadeando, mientras clavo mis dedos entre sus cabellos, y los aprieto, como si quisiera empujarla más y más hacia mÃ… hasta quedar allÃ, dentro de ella, para siempre… y, viviendo en éxtasis infinito, ser felices hasta la hora de morir. ¿ExistirÃa la muerte si desde que nacemos pudiésemos ser totalmente felices? Creo que la muerte en el ser humano es un sistema de autodefensa; acumulamos tanto odio, envidia, hastÃo y resentimiento en vida que, si viviéramos con tiempo indefinido, un dÃa explotarÃamos, acabarÃamos con el mundo entero, tal vez trabajarÃamos para hacer una bomba atómica que destruyese todo el universo completo. La naturaleza lo sabe y, por eso, tenemos que morir. ¿Sino quien me explica porqué después de tanto desarrollo el cuerpo no pueda vencer algo tan simple como un reloj biológico? ¿Por qué debemos arrugarnos y morir? Estamos condenados por estúpidos; y si por alguna razón un ser humano deja de ser estúpido y aprende a ser libre y feliz, hay tanta desidia, odio y estupidez a su alrededor, que tarde o temprano se contagia, enferma… y muere…
Algo asà es la maraña de pensamientos que tengo, mientras permanezco en la oficina de mi jefe, envuelto entre papeles, computadores, escritorios y cámaras de seguridad. He regresado a la empresa, le pedà a mi jefe su portátil para conectarme y ver si Myriam estaba en lÃnea. No, no lo está. Ni en el Gtalk, ni el Messenger, ni en ninguna parte.
¿Se habrá arrepentido? ¡Demonios! Intento llamarla desde el teléfono de la oficina: nada. Seguro se echó para atrás; tardé demasiado tiempo en salir, las mujeres son muy indecisas: un segundo dicen que te aman y al otro ya se cansan de ti, pero, si te comportas y tienes paciencia, es posible que vuelvan a ti y asà sucesivamente. Como un semáforo, digamos. Tuve mi oportunidad: estaba en verde y vi cuando se desconectó, cuando cambió a amarillo; pero no hice nada… Es como la vida: el amarillo es la primera cana que te sale, ese pequeño dolor de espalda, 1 punto más de miopÃa… pero nadie hace nada para cambiar… Y yo soy como los demás, la vida me da campo libre: juventud, salud, creatividad, fuerzas… y sin embargo no hago nada para avanzar, para tomar otro camino. Una advertencia y sigo allÃ… Hasta que llega el momento en que no puedo hacer nada para cambiar las cosas.
Rojo.
Me paso las manos por el rostro, me lamento una y otra vez: desesperado.
-Hola. Si has cambiado de opinión no tiene importancia, nos vemos mañana u otro dÃa. Sólo responde para saber que estás bien, por favor. No estoy molesto ni nada… -le escribo, mientras siento que la úlcera que me acaba de salir, va a reventarse.
Me hundo en el asiento. Ya no hay aventuras; sólo papeles, dinero, transacciones, etcétera. Abro mi blog, empiezo a escribir con rabia, es mi única defensa, mi única escapatoria: clavarme un bolÃgrafo en el pecho y que salgan palabras, palabras, palabras y más palabras hasta poder respirar aliviado.
Mi jefe entra a su oficina a buscar unas carpetas. Me ve concentrado:
-¿Cómo va el trabajo? -Me dice animado
-¡Muy bien! -respondo con una semi-sonrisa.
Mi jefe me mira, preocupado. Yo intento contener mi tristeza. Después de todo él no tiene la culpa. Gracias al trabajo estoy acá en Caracas; sólo fue mala suerte, falta de temperamento para desligarme en el momento preciso. Mi culpa. Qué se yo. Aún todo sigue en rojo y sólo me queda esperar que las cosas cambien.
-¿Has logrado hablar con ella? -me pregunta.
-No. -respondo abatido.
-¿Pero ella no te dijo al menos el nombre del hotel donde se estaba quedando?
-No. Sólo me dijo que quedaba a dos cuadras del centro comercial Muchas Tiendas.
-Sabes -me dice mi jefe- yo creo que sé cual es ese hotel.


