Hoy agradezco estar confinado en una pequeña oficina, de un pequeño pueblo. El año pasado tuve dos entrevistas este día, en Caracas; por lo que yendo y viniendo de un lado para otro, me tocó ver un montón de peluches, chocolates y flores cada uno más grande y colorido que el otro; hasta que empecé a sentir algo así como ganas de huir a encerrarme en mi casa y no salir hasta dentro de dos días (el 15 todavía se veían un montón de peluchitos y flores paseando por doquier, ya más en brazos de mujeres que de hombres).
Sin embargo, cuánto envidio y cuánto me gustaría ser uno de esos muchachos con uniformes de pantalones de gabardina y chaquetas color crema, que pasan todo el día sentados diciendo: “buenos días” “bienvenidos” “le agradecería sencillo” “muy amable” “a su orden” “hasta luego”: si sólo tuviese oculto en mi escritorio algún peluche o un ramo de rosas: si sólo tuviese la ilusión de esperar que terminara el día para entregarselos a una mujer, como a una compañera de oficina, por ejemplo, a quien nunca me he atrevido a decirle ni uno de esos saludos que repito cientos de veces al día a extraños cualquiera. No importa que no fuera la mujer más bonita del mundo, no importa que fuese superficial como el resto, si pudiese estar cegado de nuevo por la venda del amor. Ni siquiera me importaría si me rechazara; y sin pensar que hay otro centenar de mujeres con quien volver a intentarlo, me refiguase en mi casa a llorar, en un rincón de mi cuarto. Porque entonces vendría La Musa a consolarme y me daría una pluma para escribir un poema, que aunque nadie leería jamás, al menos me haría sentir vivo…
¿Importa en algo conocer la verdad cuando esta te hace estar frío, solo y triste? ¡Que error tan grave cometí cuando un día dije, repitiendo las palabras de ella: ¡ya no más! ¡Cómo me gustaría ser capaz de soñar otra vez!
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