No he encontrado nunca más adorables sus labios; parecía que se entreabrían lánguidos para aspirar los dulces sonidos del instrumento y exhalarlos de nuevo, con la suavidad de su hálito. ¡ah! ¡Si yo pudiera hacer que compartieras conmigo lo que sentí en ese momento! Incliné la cabeza desfallecido y me juré no atreverme nunca a imprimir un beso en su boca, en aquella boca donde revoloteaban los serafines del cielo. Y, sin embargo, yo quiero… No. Hay una barrera imposible de cruzar que la separa de mi alma. ¡Destruir esta pureza! Y después el castigo que sigue al pecado. ¿Pecado?
Werther - Goethe
—
¿Esperar hasta mañana? No. Lo siento, Ismar. No puedo esperar. Muero de ganas por tenerte… por no perderte. Podría esperarte por siempre, pero la incertidumbre está destrozándome por dentro. Tomo el móvil, marco su número. El móvil suena, dos veces. La llamada se cae; como si ella hubiese cancelado la llamada en vez de atender. Intento de nuevo: pasa lo mismo. Sigo intentando así un par de veces más: nada. Al final le escribo un mensaje:
-Ismar. Soy yo, necesito hablar contigo. Atiende por favor.
Tanta insistencia me hace sentir como un tonto obsesionado. Pero no me importa. Nunca he demostrado orgullo delante de una mujer; y menos delante de la mujer que amo.
Le escribo un par de mensajes a Ismar; y nada: no atiende. Dejo el móvil en la cama. Me siento decepcionado, impotente. El móvil suena: es ella.
-Por favor, deja de escribirme. Estoy con mi novio. Se dará cuenta. Mañana hablamos. Cálmate. Todo va a estar bien…
El mensaje me hiere, como si cada palabra se clavara como hojillas filosas en mi pecho. Sus últimas palabras: cálmate, todo va a estar bien, apenas me dejan la menor esperanza. Pero esta esperanza es suficiente para que al siguiente día me levante y espere a Ismar para almorzar.
–
El hombre está hecho de manera que necesitamos asirnos a algo; aunque sea lo más mínimo, lo más ilusorio, -a veces- del engaño o la tonteria más grande que se nos podría ocurrir estando en nuestros cabales. Pero el vacío y el miedo que llevamos por dentro es tan grande, que nos sujetamos de lo primero que encontremos cerca, sin tomarnos tan sólo un segundo en reflexionar. Aún cuando en el fondo de nosotros mismos sintamos el engaño, preferimos hacer la vista gorda, fingir que no vemos, y engañarnos. Para huir del miedo, para intentar llenar el vacío que cada uno de nosotros lleva por dentro. No importa cuan grande y evidente sea la mentira a la que nos aferremos. Con tal de que esté ahí y sea suficiente para ocupar nuestra mente y, mientras menos reflexión nos exija dicha mentira, aún mejor.
Así fue como el hombre creó toda esta sociedad. Impulsado por el miedo al vacío y a aceptar la naturaleza humana. Así, además, es como esta sociedad se mantiene, día a día. Trabajamos, nos imponemos un horario, al mediodia comemos en grupos, hablamos y hablamos ¿De qué? No importa: es esencial que no se escuche el silencio. Si no tenemos nada que hacer al salir, nos quedamos horas extra, o nos buscamos otra actividad para llenar todo el tiempo posible. Reducimos nuestra vida, de manera que llega a ser tan pobre: que los fines de semana organizamos actividades con los mismos compañeros de trabajo que vemos los días de semana. Trabajamos toda nuestra vida encerrados en una oficina, por un dinero que no necesitamos. Pero, para no darnos cuenta del ridículo que hacemos, apenas cobramos salimos disparados a comprar ropa, iPod, algún artículo para nuestra PC, a comer a un lujoso restaurante, a organizar una gran salida (con los mismos compañeros de trabajo, por cierto), o reunir para comprar un automóvil… que parece ser la mayor meta de los jóvenes hoy en día. Imbéciles ¿Después qué? Me pregunto que pensarán todos estos jefes y gerentes cuando quedan atascados, en sus flamantes autos, en las largas colas que cada día se vuelven más y más insoportables. Me pregunto si es por eso que no dejan de tocar la bocina y de insultarse unos a otros -aún cuando saben que el conductor vecino tiene tan poca o tanta culpa como ellos mismos-… Al final es el mismo corazón del planeta el que paga las consecuencias. Se van talando más bosques, van falleciendo más especies, se va calentando el planeta más y más, poco a poco… Pero no se piensa en algo más que en comprar un auto, que en producir y producir… hasta que un día todo estalle: la capa de ozono se resquebraje por todas partes, los polos se derritan y se produzca tal catástrofe que no quede más nada que hacer que abrir los ojos…
Entonces, supongo que habrá una nueva excusa para intentar huir del vacío: cuidar del planeta… volver a empezar…
¿Quien sabe? Tal vez exagere. Pero estoy seguro que todo empezó así… que el primer cimiento… la primera columna del primer rascacielos se levantó por alguien que tenía miedo de su debilidad y de su pequeñez… Hacía falta hacer algo grande y ocuparse de algo grande, para no pensar en todo esto… Y quien tuvo más miedo fue quien más se aferró… y lo llamaron ministro…
–
Así como Ismar también tiene miedo, miedo de quitarse las ataduras. Miedo de vivir… Pero cuando, al fin llega, en cada paso que da, en cada mirada, en cada palabra, en cada gesto, siento como si dijera que me ama…
-¿Cómo estás? -le pregunto, dejando a un lado el libro que sostenía mientras la esperaba.
-Mal, muy mal por todo esto. Nada de esto está bien…
-Pero, ¿por qué Ismar? ¿Cómo puede estar mal esto tan hermoso que sentimos el uno por el otro? Si todas las personas que viven sobre este planeta se quisieran así, estoy seguro que…
-Lo sé. Pero él tampoco se merece esto. Ya yo le di mi palabra. Si hubieses llegado antes…
Ante esta última frase me irrito: yo no tengo culpa de haber llegado antes o no. Simplemente las casualidades pasaron así… Pero esto no quiere decir que yo sea peor para ella y se lo hago saber. Al tiempo que le explico todas las cosas que me prometí decirle…
Ismar se conmueve. Tomo la ocasión para acercarme a ella, logro rozar sus labios. Ella me sujeta los cabellos; vuelvo a sentir la vida recorriendo mis entrañas. Perdóname… Todo esto es muy bonito, pero yo no sé cuanto va a durar… En cambio, ya yo tengo algo estable, y me siento segura… No puedo de verdad… No vine acá para volver contigo, vine porque necesito pedirte que no vuelvas a buscarme… Necesito que estés alejado de mí. No quiero que se vaya a dañar mi relación con Carlos… Entiende, por favor….
Me quedo atónito, a su lado. Ismar se aleja.
-Te odio -me dice-, te detesto por irrumpir así en mi vida. Te odio… No vuelvas a buscarme nunca más.
-¿Cómo puedes decir esto Ismar? -Le digo con lágrimas en mis ojos
-Porque no quiero que me busques. Quiero que me odies, que te olvides de mí… Lo siento. Serás un hermoso recuerdo. Pero lo nuestro no puede ser. Espero que no insistas más… Por favor.
Ismar se levanta de pronto y se va sin decir una palabra más. Pero me doy cuenta del esfuerzo que hace por dejarme ahí, solo… que lo hace sólo para que crea sus palabras.
Espero un par de minutos. Me decido. Dejo un par de billetes sobre la mesa, tomo el libro y salgo casi corriendo del restaurante. Ismar está a una cuadra. Voy tras ella. Cuando estoy por alcanzarla la llamo: no atiende. Me situo a su lado, le pido que espere un segundo.
-No, lo siento, ya hablamos. Por favor, olvídate de mí… Te lo pido… Sabría que me seguirías. Él me llamó hace unos minutos y le dije que me pasara buscando por acá. Ya está por venir… Por favor, debes irte -me responde Ismar con los ojos empañados de lágrimas
Me volteo y lo veo venir. Esto es demasiado, digo en voz alta y sigo caminando rápidamente.
Sin saber muy bien que haré, le envío un mensaje a mi jefe, diciendole que volveré tarde a la oficina y pidiendo disculpas.
Camino hacia la estación del metro Otro día de trabajo. No dejo de pensar en Ismar, en sus palabras, en todo lo que hablamos e hicimos desde el día que nos presentaron. Todo pasa una y otra vez como una película en cámara rápida. Me siento agotado. Cuando al fin llego al metro, me doy cuenta que no tengo dónde ir, que ya no podré buscarla, que la principal razón que tenía para levantarme cada mañana ya no está, y sólo me queda su recuerdo… Mi corazón se achica, explota, se convierte en un agujero negro que empieza a absorber y a oscurer todo… De pronto no queda nada, sólo yo frente al universo entero, a un gran vacío que me rodea y amenaza con absorberme a mi mismo. Pienso, busco a mi alrededor: pero nada es suficiente para llenar el vacío que me rodea.
Bajo la mirada y le pido a Dios que me envíe algo, alguien que me haga olvidar todo esto, y me de una razón para seguir adelante… aunque sea una mentira…
Mi móvil suena. Es un mensaje:
-Hola. ¿Te acuerdas de mí? Soy la chica que conociste en la estación mal agüero el día del accidente del metro. Te escribía porque ayer terminé de leer el último libro de Dan Brown y tú me prometiste prestarme un buen libro… Además podemos salir a tomar un café… Me pareciste una persona interesante… Aunque un poco antipático… ¿Qué dices?
Me quedo mirando el mensaje. Recuerdo a la chica. La mala impresión que me dio ese día. Pero ¿qué importa que diste mucho de ser la persona con quien me gustaría estar? ¿Qué importa si rechazo todos mis sueños, si oculto mi propia personalidad con tal de tener un poco de compañia a cambio, y no seguir tan solo? Reflexiono unos minutos… Pienso en Ismar y tomo mi móvil:
-Disculpa, creo que te equivocaste de número. -Le respondo a la vez que elimino ambos mensajes
Me guardo el móvil, entro a la estación y bajo a tomar el tren. Me siento cansado. Decaído. Sin rumbo. Con un insoportable vacío dentro de mi pecho…
-Se les recuerda a los señores usuarios que deben mantenerse detrás de la franja amarilla y sólo cruzarla cuando el tren se detenga y…
Empiezo a pensar que tal vez lo mejor sería, cruzar la raya amarilla unos cuantos segundos antes de que llegue el tren… Lo suficientes como para hacer que este vacío desaparezca, aunque yo me vaya con él
—
El viento me golpea… Veo el tren venir… Las piernas me tiemblan, bajo la mirada, el corazón me late con fuerza, doy un paso en falso… Espero. El tren llega, las puertas se abren. Me subo, sin dejar de mirar al suelo. Me dejo caer en el asiento. Abro el libro que llevo e intento leer un poco, salir de mi vida y entrar en la vida de alguien más… Cuando creo que voy a conseguirlo, veo caer un par de gotas que empañan el libro ¿Estoy llorando? -me digo- Me toco los ojos: están secos. Otro par de gotas caen sobre el libro. Subo la mirada: un charquito de agua fría del aire acondicionado me cae en la cara. Me irrito. Oigo una risilla curiosa a mi lado que hace que me moleste aún más. Volteo: es una chica linda, pelirroja. Ella me sonríe, yo le frunzo el ceño, como por acto reflejo, mientras me limpio los ojos. Otro par de gotas frías me caen encima. Apoyo mis pies para levantarme del asiento. La joven se cambia al asiento de al lado, cediendome así su puesto. Acepto el favor, hipnotizado por el movimiento de sus cabellos rojos… e intento seguir leyendo, a la vez que noto como la chica se queda observando mi libro, con curiosidad y ¿admiración? Me volteo, la miro con detenimiento sin reparar en si soy indiscreto o no… Detallo sus rasgos… Me da la impresión de conocerla, pero ¿De dónde? La joven me devuelve la mirada: sus ojos son tan profundos que apenas resisto unos segundos. Bajo mi vista y, en esto, veo que lleva un libro sobre sus piernas… En la contraportada hay una foto en blanco y negro… Lo reconozco: es Sartre, uno de mis escritores preferidos. Enseguida, vuelve a mí el recuerdo del día que empezó todo esto: La chica a mi lado es la misma chica que vi en el metro y seguí pero perdí de vista: Es ella…
¿Así que a ti también te gusta leer? -Me dice, sacándome de mi ensueño
–
Son casi la 1 p.m. En breve, miles de personas volverán a sus puestos de trabajo. Todos esforzándose en mover la gran maquinaria del mundo, en producir y consumir; dando lo mejor de sí para llenar el vacío de la existencia humana. Sin pensar que, tal vez, el verdadero deber sea tan sólo detenernos un segundo a pensar, a tratar de conocernos, y aceptarnos… que tal vez la clave -lo único que pueda llenar para siempre este vacío- esté dentro de nosotros mismos… o en una aventura, en un encuentro casual, que entonces, tendremos que vivir, sin detenernos a pensar…
Son casi la 1 p.m. Miles de personas van y vienen de un lado a otro, en una carrera absurda y sin sentido. En una plaza, sobre un árbol, un pajarillo canta a la sombra, dando gracias por el milagro más grande que todos tenemos: existir. Al mismo tiempo, a unos metros en el subterraneo: una nueva historia está a punto de comenzar…