Julio 2006

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Este capítulo es, más que nada, un desahogo personal. No pensé que iba a tomar tan matiz y tal extensión, pero no quise dejar de deslizar mis dedos en el teclado, y forzarlos a ir por el camino que ya tenía planteado. Espero les guste y disculpen la demora en publicar. Prometo publicar el próximo en breve. Un abrazo.

-Es Trópico de Capricornio, de Henry Miller -digo orgulloso, mostrándole la portada.

No me faltan más de 2 segundos para entender que la joven no tiene ni la más remota idea de qué le estoy hablando. Como cuando intento explicarles a mis compañeros de trabajo, que existe algo más en la vida que un horario y un quince y un último.

-¿Y de qué se trata? -pregunta la muchacha con la voz y la mirada de altivez que intenta plasmar la gente estúpida. Mientras más intentan darse aires de inteligencia y demostrar que son importantes y valen para algo, más dejan al descubierto su estupidez.

-Es básicamente autobiográfico… El autor apoyado en las experiencias de su vida nos deja su filosofía y una fuerte critica social al mundo moderno y…

La joven deja salir un bostezo ¿o es un suspiro? Lo que en ningún momento dudo, es que la estoy aburriendo…

¡Pero qué puedo hacer! ¿Es acaso culpa mía, o es imposible explicar en palabras de qué se trata tan gran obra? ¿Podría explicar de qué se trata la música de Pink Floyd sin que se me escape ninguno de sus matices? Vamos que los que leen El Código Da Vinci lo tienen más fácil: suena interesantísimo cuando te dicen que el libro revela los secretos de la iglesia, que Jesús se acostó con Maria Magdalena y tuvo hijos, y al final nunca entendí que tuvo que ver el pintor con todo esto… Pero la historia suena de lo mejor…

Hasta que tomas el libro y, si tienes 2 dedos de frente, te das cuenta de que es una absoluta basura. Que te tomaron el pelo, y que Dan Brown no tenía otra intención que hacerse millonario, aún a costa de pintores, religiones. ¿Qué importa? Si a fin de cuentas esta vida no es más que dinero. Dinero para comprar un auto y un apartamento, dinero para tener un celular más caro que el de tus amigos, dinero para estudiar y graduarte para conseguir trabajo y ganar dinero, dinero para comprarte un buen traje con el que causar buena impresión y ganar dinero, dinero para hacer publicidad y establecer relaciones sociales y ganar más dinero, dinero para tener poder y conseguir más dinero, dinero para hacer un postgrado y que te aumenten el sueldo, dinero para invertir y ganar más dinero, dinero… dinero… dinero. Dinero que cada día va arrinconando y reemplazando más a los otros valores: familias, amigos, honor, moral, gratitud, hasta la misma memoria: porque es fácil olvidarse de los demás cuando hay dinero de por medio. Vamos que si a cualquier persona le ofrecieran $1 millón de dólares por el alma de su mejor amigo, quien se atreva a decir que no, al menos dudaría un poco. Y si son $10 millones ¿Por qué no entregar a la misma madre?

Vamos, si todo en esta vida es dinero. O esos autos yendo y viniendo, atascados en colas, como glóbulos negros dentro de las cavidades de un corazón podrido de cáncer; esas gentes que hace rato corrían despavoridas en el metro (acordándose que tienen una vida que cuidar), esas industrias que excavan y socavan el planeta ¿buscan algo más que dinero? Incluso ya le llegó el turno al arte: ¡hagamos libros que hagan dinero! ¡hagamos películas que hagan dinero! ¡no importa que sean basura, que sean más plásticos y pasajeros que las cajitas de las cadenas de comida rápida! ¡hagamos, también, música que haga dinero! Y Jewel deja de cantar Foolish Games para convertirse en una puta más. ¿Qué importa? Si lo único que importa es el dinero…

-A mí también, me encanta leer. -Suelta la chica entusiasmada.

Noto cómo mi corazón se acelera un poco.

Es absurdo. Me digo atrapado por el humo y el destino. Sin esa tonta sensación de que algo iba a pasar, estuviese ahora en mi trabajo, y no aquí apunto de asfixiarme.

La gente grita, llora, gime, tose, tocan la alarma una y otra vez. La pareja se abraza.

Pero lo que más me aturde es que en ningún momento pierdo la calma. Casi podría decir que seguiría leyendo si el humo me dejara ver y las personas no me desconcentraran con sus gritos.

¿Por qué? Y envidio a la pareja que llora abrazada, envidio a la señora de 60 años que abraza a su nieto… Envidio a quienes tienen miedo. A quienes pueden sentir miedo. A quienes pueden sentir.

Desde hace tiempo que todo me da igual, incluso morir. Hoy, mañana. No siento el menor temor a dejar el mundo… ¿Por qué, si tarde o temprano nos iremos uno tras otro? E irán llegando nuevas personas que creerán comerse el mundo o creerán sentirse los más desgraciados, mientras miran las tumbas y las biografías de otros, sin sentir que ellos mismos forman parte de este ciclo absurdo llamado vida.

Supongo que porque tienen metas, sueños, esperanzas que quieren ver cumplidas antes de marcharse. Por eso gritan, por eso se desesperan. Yo les podría pedir disculpas por no desesperarme como ellos; aún en esta situación podría explicarles de buena manera, a través del humo, que yo también tengo metas y sueños, tal vez mucho más altas que las de ellos; pero que realmente la vida me ha decepcionado tanto que ya no espero nada.

Y me da igual morir.

Aunque al final, la idea de morir quemado en un tren, con un montón de gente escandalosa es un poco bizarra y empiezo a desear que lleguemos a salvo, mientras noto cómo mi corazón se acelera.

El tren al fin llega a la próxima estación. Las puertas se abren. Todos salen corriendo despavoridos. Al mejor estilo de comercial de ofertas de 3 x 2 más 70% de descuento.

Me hago a un lado, los dejo pasar, y voy a ponerme a salvo (de la gente), contra una pared. Trato de seguir leyendo mientras todo se calma; y caigo en cuenta de lo cansado que estoy y de que no me escapé temprano del trabajo para ver cómo un tren se quemaba y cómo la gente corría, y para darme cuenta de que me da igual sobrevivir o no.

Y trato de tranquilizarme pensando que tal vez ese accidente me lleve a conocer a la persona que tanto me gustaría conocer. Que esa sucesión de intuiciones, hechos… me lleve a un suceso que cambie drásticamente mi vida para bien, que debería estar atento antes de quejarme tanto y que, sobretodo, no debí tomarme tan en serio la película de el efecto mariposa.

La situación en el metro empeora, cada vez llegan más vagones repletos de humo y de gente gritando, y cada vez más gente corriendo. Ya no es 3 x 2 más 70% de descuento, ahora es 2 x 1 más 95% de descuento y empiezo a preocuparme.

Así que salgo de la estación mal agüero, con la sensación de que tal vez conoceré a la persona de mis sueños, a mi alma gemela… O que, tal vez, debería dejarme de tonterías y pagar un taxi a mi casa.

Escucho a uno de los operadores decir que todo está bajo control (…seguro), que vuelvan a tomar su tren, que vuelvan al recorrido, que la marcha no puede detenerse, que la ciudad tiene que seguir avanzando, de un lado a otro, sin importar si arriesgamos nuestras vidas, que no hay que llegar tarde al trabajo, que no hay que dejar de producir, que no hay que dejar de movernos porque entonces tendremos tiempo para pensar y caer en cuenta del engaño en que todos vivimos metidos.

Pues yo si me detengo, aquí sentado en un banco, leyendo. Ya habrá tiempo de llegar a casa y terminar el trabajo que dejé pendiente…

Noto que alguien me está mirando, es una muchacha. Unos 18 años. De piel mestiza, delgada, bastante guapa.

-¿De qué se trata ese libro? -Y su pregunta sonaría indiscreta y atrevida, si no fuera por los dulces ojos que la acompañan.

Desde que empecé a escribir estos relatos las visitas se han duplicado, así que quiero darle las gracias a todos. A veces, este blog me proporciona la sensación de compañía que no obtengo usualmente.

Escribí éste fragmento y la parte 6 el domingo en un semisueño, sentado sobre mi cama. Tuve más tiempo de retocarlo que lo usual, espero que les guste.

Apenas dan las 5:00 p.m. Salgo del trabajo. Decido salir temprano porque la sensación de que algo va a suceder ya se ha vuelto molesta, y me empuja como un imán.

Salgo a la calle, miro atento hacia los lados. Como esperando encontrar algo distinto. Pero todo sigue igual. Las personas caminan de un lado a otro con expresiones de color gris en sus rostros. El humo, los semáforos, la tranca de autos. Los conductores insultándose entre ellos; otros semidormidos al volante, soñando con estar en la playa a la que solían ir de jóvenes, tocando guitarra y olvidándose del mundo. Algún otro con ganas de bajarse del auto y salir corriendo, porque su vida es muy importante para perderla en una cola.

Todo sigue igual. Excepto yo, que aún estoy esperando algo… ¿Qué?

Camino indeciso entre tomar un autobús o regresar en metro, entre si ir a cenar a algún centro comercial, o comprar ropa o libros. Dudo temeroso. Lo que sea que deba encontrar puede estar a un paso de distancia, y yo puedo ganarlo o perderlo, con la más mínima decisión. Así de fácil. Creo que el destino depende de mis manos.

¿Depende realmente?

Lo que sea que va a pasar, pasará; me digo para poner los pies en el cemento y moverme, que los demás transeúntes ya empiezan a quejarse.

Llego a la estación otro día de trabajo, y todo sigue como si nada, como si mi intuición me hubiese tomado el pelo.

El andén está tan lleno de personas que me voy a uno de los extremos, y me subo en el primer vagón.

El metro empieza su curso y puedo ver a través de la ventana de la puerta del vagón, como avanza el tren por los túneles, como un gusano entre la tierra.

-¿Me da un permiso, señor? Me dice un niño de 8 años, que quiere ponerse delante de la ventana, para ver el recorrido. Yo me aparto y me quedo mirando al niño.

Y retrocedo 14 años en el tiempo. Retrocedo al día que mi mamá me llevó a conocer la capital, y recorrimos en metro todas las estaciones. Y miro al niño, y ese niño soy yo.

Y siento cuan apasionante puede ser la vida, a ratos, sólo si prestamos un poco de atención. Pero no, esto no es lo que iba a suceder. Aún el presentimiento sigue pegado a mí, molestándome como una piedra en el zapato.

-Estación recuerdos de la infancia, dicen por el micrófono, y el niño se baja.

Una pareja se sube y las puertas se cierran. Seguimos hacia la estación mal agüero.

Mis ensoñaciones y pensamientos se detienen, siento el cansancio de todo el día de trabajo, mientras veo las caras largas de los demás pasajeros.

No. Pese a lo agotado que ando, abro el libro que llevo e intento leer. Intento trasportarme a otro mundo y no dejar que éste me hunda. Es lo que siempre he hecho, lo que tantas fuerzas me ha dado…

Le doy vuelta a la primera página cuando empiezo a sentir un olor extraño. “Lo que faltaba� me digo.

Pero el olor persiste y se me hace familiar… Es un olor a… quemado… Y de inmediato lo confirmo viendo como el vagón comienza a llenarse de humo.

La gente gris se aturde, despierta, grita, presionan la alarma… El vagón cada vez está más cubierto por el humo, y sea hace más difícil ver y respirar.

¿Se está incendiando el tren?

-¿Te enteraste de la triste noticia?
-Sí… ¿Por qué no escribes algo sobre eso, en tu página?

¿Qué puedo escribir?
¿Cómo dejarles ver mi dolor y mi desolación?

¿Qué podría escribir un cristiano si le dijeran que Dios ha muerto?

¿Biografía? ¿Canciones? ¿Un albúm? ¿Un poema?

¿Podré revivirlo si de verdad me esfuerzo?

Y…

¿Qué haremos ahora?
¿Desear que estuvieses aquí?
¿Respirar el aire sin tener miedo?
¿Recordar cuando eras joven y brillabas como el sol?
¿Poner más ladrillos al muro?
¿Ver cómo se resquebraja el delgado hielo?
¿Abrir la ventana de par en par, y llamarte a través del cielo?
¿O hacer un recorrido interestelar?
¿Y podremos volver a la vida, o tratar de aprender a volar?

Ahora cuando tú puedes vernos, pero nosotros no a ti

Roger Keith Barrett (Syd Barrett). Uno de los fundadores de Pink Floyd. Guitarrista, vocalista y líder de la banda en sus inicios. Fallece en Cambridge, Inglaterra, 7 de julio de 2006.

Aunque algo me dice que no se ha ido…

En algún lugar… Algo que no puedo explicar…

Salgo. No veo a la chica por ninguna parte. Corro a la esquina, tampoco la veo desde allí.

Me detengo. Igual, ¿Qué puedo decirle si la consigo? Ya se fue.

Además, aún no he dejado de sentir el presentimiento de que va a pasar algo.

Miro el reloj, son las 12:40: me quedan unos minutos de mi hora de almuerzo.

Pienso en llamar a alguien, pero me doy cuenta de que no tengo nadie con quien hablar. ¿Mis amigos? Los pocos que tengo los saludé esta mañana en el messenger. ¿Mi familia? ¿Cuál familia? ¿Mis padres? Pienso, los llamo:

-Hola
-Hola
-¿Cómo están?
-Bien
-¿Cómo ha estado todo por allá?
-También, bien, ¿y tú? -Me devuelven la pregunta por cortesía
-Bien… ¿Y mis abuelos, también están bien?
-Sí…
-Bueno, sólo quería saludar…

No. Desisto. Mejor no llamo a nadie.

Me acuerdo que cerca de aquí me dijeron que vendían libros usados. Hoy termino de leer a Camus y aún no siento la necesidad de tomar el libro de Miller, y, del resto, no tengo nada que leer. Así que voy hacia allá.

Cuando me quedan pocos libros sin leer, sobre mi mesa de noche, me siento tan desesperado como un padre de familia un 29 del mes, cuando aún no ha cobrado y tiene el refrigerador casi vacío.

Hoy toca hacer mercado, me digo, sonriendo, y viendo el sitio donde están los libros: debajo de un puente.

Una voz dentro de mí, me dice: “podrías pasar los minutos que te quedan en el centro comercial, o en la oficina recostado en la silla, con aire acondicionado, conversando con las mujeres del departamento. En cambio, mírate: mientras todos charlan, comparten entre ellos, tú estás ahí, debajo de un mugriento puente, revolviendo libros usados. Hasta puedes agarrar una alergía, una enfermedad

La literatura te ha llevado demasiado lejos…”

Me quedo atónito ¿De dónde vienen esas palabras tan necias? Es la sociedad, supongo. Cuando les dije a mis amigos que me vendría a la capital, me decían entre risas: “¿Y qué?, vas a irte a la ciudad, a recitar poemas?”. Ahora que tengo un buen cargo, que gano dinero y soy importante. Me escriben: “estamos orgullosos de tí”.

Imbéciles.

¿Será por eso que Rimbaud dejó la poesía?

¿Disculpe, señor, usted trabaja aquí? -me pregunta una muchacha, que tiene un libro en la mano, sacándome así de mi ensueño.

-No, no trabajo aquí, respondo un poco irritado, sacando el pecho, para que vea mi uniforme.

“¿Cómo voy a trabajar YO debajo de un puente, vendiendo libros viejos?” -Pienso.

La chica sigue distraída revisando las mesas. Yo empiezo a buscar: encuentro de una vez un par y los tomo:

-Lucia Etxebarria; amor, curiosidad, prozac y dudas. Y,
-D.H. Lawrence, El amante de Lady Chatterley.

Ya quiero pagar e irme: se me hace tarde. Pero no veo a nadie que me pueda cobrar.

-¿Son gratis? -Exclamo.

-Vete con ellos y haz la prueba para saberlo… dice, sonriendo, la chica.

La miro: es morena, de rostro común, y con las formas de su cuerpo poco pronunciadas. No me llama la atención conocerla.

Pero algo me deja en shock: esta chica se parece muchísimo a una de las mujeres que más llegue a amar hace unos años atrás. ¿Por qué no me provoca ni siquiera entablar conversación con ella? No es por el físico, es algo más.

Y me quedo viendo como busca entre los libros, con la mirada vacía, con rostro de aburrimiento. No lo hace con la avidez de los lectores voraces. No lo hace con el encanto y la admiración de quien sabe que sobre esa mesa hay cientos de almas; de personas que entregaron y dejaron plasmadas sus vidas allí: para nosotros.

Esos libros no son estúpidos libros de autoayuda, son Libros, en su mayoría autobiográficos, de personas que no desistieron en la ardua labor de plasmar sus experiencias. Sin detenerse a pensar que dirían los demás.

Ella los toma con desdén, como por no dejar… Como si no tuviese más nada que hacer

Y caigo en cuenta de que la mayoría de las personas que viven aburridas, es porque sencillamente no saben encontrar la magia que se esconde en lo profundo de esta existencia… Que son personas con almas cortas, incapaces de ver más allá…

Y caigo en cuenta de que tampoco es el físico lo que más importa, es cómo la mujer sepa darle vida a su cuerpo, dejando entrever su alma en éste.

Sostengo con fuerza los libros, casi podría sentir pedacitos del alma de sus escritores en ellos.

“Para ser buen diseñador o programador, hay que exprimirse el cerebro -me decía mi amigo- nosotros dejamos nuestras neuronas en el computador, todos los días. Es un trabajo arduo.”

Ojalá, respondo mentalmente, para escribir sólo hubiese que exprimirse el cerebro. Los verdaderos escritores se sacan las vísceras con las manos, y las dejan en el papel; para quien tenga de verdad las agallas de un ser humano, para quien quiera descubrir el tesoro que hay debajo del polvo, debajo de un puente…

El señor aparece, yo pago, me voy.

La sensación de que algo va a ocurrir se incrementa.

Las 12:10. Termino de leer la caída de Camus, mientras espero que me traigan mi almuerzo.

La feria de comida está atestada de personas; no hay donde sentarse. Una chica me pregunta si está ocupado el otro puesto de mi mesa. No, le digo; y se sienta. Es bonita, blanca, con el cabello corto; enseguida la reconozco, trabaja en el mismo sitio que yo. Desde que la vi he querido conocerla, sin embargo no me he atrevido a decirle nada. En vez de volverme más expresivo, cada día parece que me estoy haciendo más tímido.

“Es por nuestro trabajo -me decía un amigo-. Pasamos horas frente al computador, creando cosas. Nos abstraemos, nos volvemos individualistas, nos cerramos al mundo. Luego, claro está, nos cuesta salir.”

Cierto. Pero igual nunca he creído en horóscopos, predicciones, tests de personalidad y todas esas estupideces. Mientras tengamos voluntad, podemos moldear nuestra persona como nos plazca.

Pasan unos minutos mientras divago, mientras me sigo abstrayendo; la chica también espera impaciente un pedido. Vamos a almorzar juntos, me digo. En los tests que nos hacían en el colegio, siempre me decían que yo era incapaz de dar la primera palabra.

Bien, así será; justo cuando la chica me diga buen provecho, le diré algo, y empezaremos a conversar.

Sin embargo, me traen la comida, la chica me dice “buen provecho” y yo sigo callado.

Cuando le traigan a ella el almuerzo… me digo, comiendo despacio.

Pero cuando ella se levanta a buscar su almuerzo, me doy cuenta que le entregan, en lugar de una bandeja, una bolsita con una cajita de aluminio y unas servilletas.

La chica se va. Yo termino de comer en unos pocos segundos, mientras pienso cuantas oportunidades he dejado pasar, esperando que llegue un mejor momento.

“¿Y si eso era lo distinto que iba a pasar hoy? ¿Y si teníamos que conocernos y yo he dejado pasar la oportunidad?” -Exclamo mientras dejo caer mi vaso de nestea sobre la mesa, y me preparo para salir, de prisa.

-Señor, ¿Tiene pan ¡¡FRANCES!!?
-Vete a la mierda.

Mis saludos y respetos a la gente de Portugal y a los fanáticos del equipo. Dieron un buen juego, en mi criterio, mejor que el de Francia. Merecían ganar. Pero así es el fútbol, y muchas veces la vida. Cuestión de suerte.

Ahora espero que la selección francesa de la batalla este domingo.

Abajo de esto tienen el segundo fragmento de El Extranjero, me gustaría leer sus comentarios.

Un abrazo.

Pero algo tenía que pasar, me repetía mientras iba haciendo las acrobacias y contorsiones diarias, para poder leer y respirar a la vez, en los 5 milímetros que me quedaban libres para moverme, sin tropezar a nadie.

Dos señoras discutían en voz alta…

-El aire está dañado.
-¡Cada día hay más pasajeros y no hacen mantenimiento!

…mientras yo trataba de leer:

“¡Pues bien, no! Encontré la enemistad sobre todo entre quienes sólo me conocían de lejos, y sin que yo mismo les conociera…”

-Sí, yo tuve que esperar cuatro trenes ¡Cuatro trenes! para poder subirme

“…Sin duda sospechaban que yo vivía en toda plenitud, abandonándome libremente a la felicidad: eso no se…”

-¡Imagínese usted!- …perdona -Y encima uno anda tan apretado que ni puede moverse.

“El talante de éxito, cuando se lleva de cierto modo, haría rabiar a un… -¡El otro día vi como tumbaban a un…- …asno… -señor. Creo que se lastimó bastante.

-La gente se desespera. Al punto que no les importa tumbar a una señora o a un anciano, con tal de no llegar cinco minutos tarde al trabajo…
-Sí, pero uno también tiene derecho a llegar sano y salvo…

-¡Y en silencio! -dije con rabia, y soltando una mirada furibunda.

Las señoras se callaron; y (cosa extraña aquí en la capital) nadie se atrevió a responder. Al punto, que empecé a sentir miedo de mi mismo. ¿En qué me estaba convirtiendo esta vida? …Y esta soledad…

“No, no tengo que pensar tanto, sólo seguir… De todas formas no veo otro camino, no puede ser de otro modo”. Traté de reanudar mi lectura:

La única defensa reside en la maldad. La gente se apresura a juzgar para no ser ellos mismos juzgados. ¿Qué Quiere?

-Estación Otro Día de Trabajo -dijo una voz por micrófono.

Cerré el libro. Ya había llegado. No pasó nada distinto a lo de todos los días, pero aún quedaba la hora de almuerzo y el viaje de vuelta, dije como para calmarme. Las ocho diez doce horas de trabajo, si que serían igual que siempre.

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Todos los días es lo mismo; me levanto, tomo el libro de Baudelaire, Miller, Camus, etcétera… que esté leyendo y salgo a tomar el metro para ir al trabajo.

Todos los días sueño con lo mismo: que mi compañera de puesto, o una chica que esté de pie a mi lado me mire y me diga: “¡yo leí las flores del mal hace tiempo! ¿qué tal el esplín de Paris?”

Pero, todo los días pasa lo mismo: nada.

Y llego al trabajo o, a donde sea que vaya: y me toca tratar con personas que me hacen sentirme como el título de este post. Un “extranjero”, como si estuviese en Italia y Portugal, podemos medio entendernos, pero simplemente no hablamos el mismo idioma, somos parecidos pero no somos de la misma raza.

Y yo levanto la mirada al cielo y digo “¡Dios porqué me mandaste a vivir a otro planeta, cuando podré volver con mi gente!”

Pero leo a tantos poetas, escucho la música de Pink Floyd, de Alan Parsons Project, y de tantos otros, leo tantos libros, veo pinturas, y me digo: sí, tal vez sea de este planeta, pero ¿Dónde quedaron ellos?

Entonces, respiro profundo, y tomo fuerzas para esperar al día siguiente; esperar que algún dia pase “algo”… y no pasa nada.

Excepto ayer, ayer algo me decía que sí iba a suceder al fin algo; y así fue: en el metro una chica sostenía un libro pequeño, de esos llamados “libros de bolsillo”, en la parte posterior había una foto en blanco y negro, una foto que me invitaba a pensar que no era un patético libro de autoayuda o etcétera. Ese día Miller se había estado quejando en mi mesa de noche, para que me lo llevara al trabajo: no tenía ganas de leer, pero: está bien, le dije (siempre hay que hacerles caso). Ahí estaba la razón: la chica, cuando le hablase, vería el libro, no pensaría que era un loco o un aprovechado: sabría que yo era como ella, que eramos del mismo planeta.

Y mientras soñaba con los títulos del librito que ella llevaba (algo dentro de mí me decia Sartre, Sartre…) corrí a alcanzarla…

La chica se me perdía de vista, de a ratos, pero la volvía a alcanzar. Hasta que cruzó en la esquina, a la derecha, para tomar el metro.

Era, por decirlo así, un callejón sin salida (la única salida era irse en metro y el metro no había llegado…)

No obstante, cuando llegue: ¡¡no estaba!! La busqué casi al borde de la desesperación y nada.

Hasta que llegué a pensar que me había imaginado todo… (”Vaya… sabría que tarde o temprano perdería la razón -me decía”). No, claro que ella estaba allí ¿a donde fue?

Y la única puerta que había cerca era el cuarto de máquinas, ¿trabajaba en el metro? ¿me vio seguirla y se asustó? ¿qué pasó?

Pero el metro llegaba y eran las 8:10 (iba tarde al trabajo), y, como siempre, la responsabilidad, el ser maduros puede más que nuestros sueños.

1-0

El dolor y la tristeza por la derrota de Argentina, es casi igual de grande que la alegría de ver cómo Francia hoy pasa a las semifinales.

¿Zidane? De nuevo demostró ser un mago. Sólo importa la edad que se tenga en el alma.

¡¡Viva Rimbaud!!
¡¡Viva Baudelaire!!
¡¡Viva Amèlie!!
¡¡Viva Yann Tiersen!!

¡¡Viva Francia!!

PD: se cayeron todas las quinielas de Caracas, menos la mía. Pero, como les dije a los incautos, varias veces gané un juego de póquer con un 2 y un 7 contra par de ases. Reconozco que, aunque dudé, apoyé a mi equipo.

Esto, para mí, no es sólo un triunfo de fútbol. Es el triunfo de los bohemios contra el resto del mundo. De quienes tenemos dos dedos de frente, contra los tontos. Porque es más fácil apoyar al equipo que crees que va a ganar, que amar a un equipo, amar a cada poeta y músico, amar un idioma, amar un estilo de vida; añorar, amar a un país, y desear con todo tu corazón que el equipo de dicho país, gane.

Es más fácil no tener personalidad y unirse a la gran masa gris (o amarilla y verde), que luchar, y soñar, y sostener los sueños, de lo que realmente uno quiere.

Pero, hoy, me percato que vale la pena irse por el camino difícil. Hay sus recompensas.

El viernes pasé por tonto cuando entregué los resultados en mi trabajo. El lunes me levanto a las 7:00 a.m., me doy una ducha, y me pongo mi t-shirt francesa.

PD de la PD: No vayan a pensar que tengo algo contra Brasil, sólo lo tengo contra los falsos brasileños de mi país (Venezuela).

¿Cómo te Sientes Hoy?

Autor

Duilio / Venezuela

solo[arroba]otrotiempo.com

Aficiones:
Pink Floyd / Yann Tiersen
Alan Parsons Project
Radiohead / Coldplay / u2
Supertramp / Soda Stereo
Henry Miller / Dostoievski
Camus / Rimbaud / Baudelaire
H. Michaux / Ortega y Gasset
Werther / Rojo y Negro
La Náusea / Hamlet
Por quien doblan las campanas
El Retrato de Dorian Gray
Luna / Atardeceres
Estrellas / Estrellas fugaces
Leer / Escribir / Estudiar
Nadar / Hacer ejercicios
Programar / Diseñar
Guitarra / Ingles / Frances
Almas gemelas / Cosas sublimes...

Cita

"Nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía." Simón Bolívar.

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