Publicado inicialmente, por el autor de este blog, el 6 de Noviembre de 2005, en El País de Sikanda:
A través de cinco ventanas abiertas, puedo ver el lugar donde dos amantes se citan; cada noche.
Es una casa infinita. Siempre oscura. Hay millones de velas, eso sí, pero con todo no son suficientes para alumbrarla.
Desde aquí, se ven sus luces, diminutas, pestañeando débilmente: aunque sin cansarse.
Unas se encienden, otras se apagan: por si solas.
Es una casa embrujada. Quizás por amor, quizás por nostalgia. O tal vez por costumbre.
En el centro hay una mesa de roca, cubierta por un mantel azul, y alumbrada por una lámpara de plata, a veces radiante, otras, a media luz, otras, apagada; según la ocasión.
Sobre el mantel abundan decenas de platillos; de muchas regiones; y con distintos sabores: amargos, dulces, ácidos… picantes. También de distintas temperaturas. Y sentimientos.
(Además hay vinos, hechos con la sangre de los que luchan, de los que aman).
Al final se ven llegar a los dos amantes: Marte y Venus.
Marte es mayor. Venus es una chiquilla, muy coqueta: siempre llena de joyas para brillar como nadie.
Esta noche está muy excitada y se sentó al lado de la lámpara de plata, para llamar la atención de su pareja.
Pero, Marte, demasiado tímido, se sonroja y se distancia.
En el fondo está afligido: sabe que dentro de poco tendrá que despedirse, y sólo podrá volver a ver a su amante 14 años más tarde.