
Mi vida pasa como una novela. Llena (a veces apretada) de sin fin de situaciones aparentemente no-normales. Siempre que pretendo desahogarme escribiendo todo eso, me detengo ante el mismo temor: nadie me va a creer.
(Después de todo hasta mis amigos y “familiares” nunca terminan de creerme. (Ni cuando las cosas pasan o me pasan frente a ellos. (Quizás sea esa la costumbre: “no creer”. (Dios está hecho para llenar media hora del domingo y los espacios vacíos de las paredes de la casa; la magia es un juego de niños; lo paradójico, temas con que crear más programas TV basura).
Todos luchan para mantener en línea recta nuestra vida cotidiana. Vanos intentos de hacer lineal un universo curvo donde todo parte del caos.
Nos obstinamos en no pensar porqué se pega el bostezo, o porqué cuando alguien nos mira de espaldas o a través de un vidrio ahumado volteamos, o porqué cuando pensamos en alguien esa persona suele llamarnos o nos la tropezamos en la calle…
Nos obstinamos en no-creer hasta que…