El Extranjero

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No he encontrado nunca más adorables sus labios; parecía que se entreabrían lánguidos para aspirar los dulces sonidos del instrumento y exhalarlos de nuevo, con la suavidad de su hálito. ¡ah! ¡Si yo pudiera hacer que compartieras conmigo lo que sentí en ese momento! Incliné la cabeza desfallecido y me juré no atreverme nunca a imprimir un beso en su boca, en aquella boca donde revoloteaban los serafines del cielo. Y, sin embargo, yo quiero… No. Hay una barrera imposible de cruzar que la separa de mi alma. ¡Destruir esta pureza! Y después el castigo que sigue al pecado. ¿Pecado?

Werther - Goethe

¿Esperar hasta mañana? No. Lo siento, Ismar. No puedo esperar. Muero de ganas por tenerte… por no perderte. Podría esperarte por siempre, pero la incertidumbre está destrozándome por dentro. Tomo el móvil, marco su número. El móvil suena, dos veces. La llamada se cae; como si ella hubiese cancelado la llamada en vez de atender. Intento de nuevo: pasa lo mismo. Sigo intentando así un par de veces más: nada. Al final le escribo un mensaje:

-Ismar. Soy yo, necesito hablar contigo. Atiende por favor.

Tanta insistencia me hace sentir como un tonto obsesionado. Pero no me importa. Nunca he demostrado orgullo delante de una mujer; y menos delante de la mujer que amo.

Le escribo un par de mensajes a Ismar; y nada: no atiende. Dejo el móvil en la cama. Me siento decepcionado, impotente. El móvil suena: es ella.

-Por favor, deja de escribirme. Estoy con mi novio. Se dará cuenta. Mañana hablamos. Cálmate. Todo va a estar bien…

El mensaje me hiere, como si cada palabra se clavara como hojillas filosas en mi pecho. Sus últimas palabras: cálmate, todo va a estar bien, apenas me dejan la menor esperanza. Pero esta esperanza es suficiente para que al siguiente día me levante y espere a Ismar para almorzar.

El hombre está hecho de manera que necesitamos asirnos a algo; aunque sea lo más mínimo, lo más ilusorio, -a veces- del engaño o la tonteria más grande que se nos podría ocurrir estando en nuestros cabales. Pero el vacío y el miedo que llevamos por dentro es tan grande, que nos sujetamos de lo primero que encontremos cerca, sin tomarnos tan sólo un segundo en reflexionar. Aún cuando en el fondo de nosotros mismos sintamos el engaño, preferimos hacer la vista gorda, fingir que no vemos, y engañarnos. Para huir del miedo, para intentar llenar el vacío que cada uno de nosotros lleva por dentro. No importa cuan grande y evidente sea la mentira a la que nos aferremos. Con tal de que esté ahí y sea suficiente para ocupar nuestra mente y, mientras menos reflexión nos exija dicha mentira, aún mejor.

Así fue como el hombre creó toda esta sociedad. Impulsado por el miedo al vacío y a aceptar la naturaleza humana. Así, además, es como esta sociedad se mantiene, día a día. Trabajamos, nos imponemos un horario, al mediodia comemos en grupos, hablamos y hablamos ¿De qué? No importa: es esencial que no se escuche el silencio. Si no tenemos nada que hacer al salir, nos quedamos horas extra, o nos buscamos otra actividad para llenar todo el tiempo posible. Reducimos nuestra vida, de manera que llega a ser tan pobre: que los fines de semana organizamos actividades con los mismos compañeros de trabajo que vemos los días de semana. Trabajamos toda nuestra vida encerrados en una oficina, por un dinero que no necesitamos. Pero, para no darnos cuenta del ridículo que hacemos, apenas cobramos salimos disparados a comprar ropa, iPod, algún artículo para nuestra PC, a comer a un lujoso restaurante, a organizar una gran salida (con los mismos compañeros de trabajo, por cierto), o reunir para comprar un automóvil… que parece ser la mayor meta de los jóvenes hoy en día. Imbéciles ¿Después qué? Me pregunto que pensarán todos estos jefes y gerentes cuando quedan atascados, en sus flamantes autos, en las largas colas que cada día se vuelven más y más insoportables. Me pregunto si es por eso que no dejan de tocar la bocina y de insultarse unos a otros -aún cuando saben que el conductor vecino tiene tan poca o tanta culpa como ellos mismos-… Al final es el mismo corazón del planeta el que paga las consecuencias. Se van talando más bosques, van falleciendo más especies, se va calentando el planeta más y más, poco a poco… Pero no se piensa en algo más que en comprar un auto, que en producir y producir… hasta que un día todo estalle: la capa de ozono se resquebraje por todas partes, los polos se derritan y se produzca tal catástrofe que no quede más nada que hacer que abrir los ojos…

Entonces, supongo que habrá una nueva excusa para intentar huir del vacío: cuidar del planeta… volver a empezar…

¿Quien sabe? Tal vez exagere. Pero estoy seguro que todo empezó así… que el primer cimiento… la primera columna del primer rascacielos se levantó por alguien que tenía miedo de su debilidad y de su pequeñez… Hacía falta hacer algo grande y ocuparse de algo grande, para no pensar en todo esto… Y quien tuvo más miedo fue quien más se aferró… y lo llamaron ministro

Así como Ismar también tiene miedo, miedo de quitarse las ataduras. Miedo de vivir… Pero cuando, al fin llega, en cada paso que da, en cada mirada, en cada palabra, en cada gesto, siento como si dijera que me ama…

-¿Cómo estás? -le pregunto, dejando a un lado el libro que sostenía mientras la esperaba.

-Mal, muy mal por todo esto. Nada de esto está bien…

-Pero, ¿por qué Ismar? ¿Cómo puede estar mal esto tan hermoso que sentimos el uno por el otro? Si todas las personas que viven sobre este planeta se quisieran así, estoy seguro que…

-Lo sé. Pero él tampoco se merece esto. Ya yo le di mi palabra. Si hubieses llegado antes…

Ante esta última frase me irrito: yo no tengo culpa de haber llegado antes o no. Simplemente las casualidades pasaron así… Pero esto no quiere decir que yo sea peor para ella y se lo hago saber. Al tiempo que le explico todas las cosas que me prometí decirle…

Ismar se conmueve. Tomo la ocasión para acercarme a ella, logro rozar sus labios. Ella me sujeta los cabellos; vuelvo a sentir la vida recorriendo mis entrañas. Perdóname… Todo esto es muy bonito, pero yo no sé cuanto va a durar… En cambio, ya yo tengo algo estable, y me siento segura… No puedo de verdad… No vine acá para volver contigo, vine porque necesito pedirte que no vuelvas a buscarme… Necesito que estés alejado de mí. No quiero que se vaya a dañar mi relación con Carlos… Entiende, por favor….

Me quedo atónito, a su lado. Ismar se aleja.

-Te odio -me dice-, te detesto por irrumpir así en mi vida. Te odio… No vuelvas a buscarme nunca más.
-¿Cómo puedes decir esto Ismar? -Le digo con lágrimas en mis ojos
-Porque no quiero que me busques. Quiero que me odies, que te olvides de mí… Lo siento. Serás un hermoso recuerdo. Pero lo nuestro no puede ser. Espero que no insistas más… Por favor.

Ismar se levanta de pronto y se va sin decir una palabra más. Pero me doy cuenta del esfuerzo que hace por dejarme ahí, solo… que lo hace sólo para que crea sus palabras.

Espero un par de minutos. Me decido. Dejo un par de billetes sobre la mesa, tomo el libro y salgo casi corriendo del restaurante. Ismar está a una cuadra. Voy tras ella. Cuando estoy por alcanzarla la llamo: no atiende. Me situo a su lado, le pido que espere un segundo.

-No, lo siento, ya hablamos. Por favor, olvídate de mí… Te lo pido… Sabría que me seguirías. Él me llamó hace unos minutos y le dije que me pasara buscando por acá. Ya está por venir… Por favor, debes irte -me responde Ismar con los ojos empañados de lágrimas

Me volteo y lo veo venir. Esto es demasiado, digo en voz alta y sigo caminando rápidamente.

Sin saber muy bien que haré, le envío un mensaje a mi jefe, diciendole que volveré tarde a la oficina y pidiendo disculpas.

Camino hacia la estación del metro Otro día de trabajo. No dejo de pensar en Ismar, en sus palabras, en todo lo que hablamos e hicimos desde el día que nos presentaron. Todo pasa una y otra vez como una película en cámara rápida. Me siento agotado. Cuando al fin llego al metro, me doy cuenta que no tengo dónde ir, que ya no podré buscarla, que la principal razón que tenía para levantarme cada mañana ya no está, y sólo me queda su recuerdo… Mi corazón se achica, explota, se convierte en un agujero negro que empieza a absorber y a oscurer todo… De pronto no queda nada, sólo yo frente al universo entero, a un gran vacío que me rodea y amenaza con absorberme a mi mismo. Pienso, busco a mi alrededor: pero nada es suficiente para llenar el vacío que me rodea.

Bajo la mirada y le pido a Dios que me envíe algo, alguien que me haga olvidar todo esto, y me de una razón para seguir adelante… aunque sea una mentira

Mi móvil suena. Es un mensaje:

-Hola. ¿Te acuerdas de mí? Soy la chica que conociste en la estación mal agüero el día del accidente del metro. Te escribía porque ayer terminé de leer el último libro de Dan Brown y tú me prometiste prestarme un buen libro… Además podemos salir a tomar un café… Me pareciste una persona interesante… Aunque un poco antipático… ¿Qué dices?

Me quedo mirando el mensaje. Recuerdo a la chica. La mala impresión que me dio ese día. Pero ¿qué importa que diste mucho de ser la persona con quien me gustaría estar? ¿Qué importa si rechazo todos mis sueños, si oculto mi propia personalidad con tal de tener un poco de compañia a cambio, y no seguir tan solo? Reflexiono unos minutos… Pienso en Ismar y tomo mi móvil:

-Disculpa, creo que te equivocaste de número. -Le respondo a la vez que elimino ambos mensajes

Me guardo el móvil, entro a la estación y bajo a tomar el tren. Me siento cansado. Decaído. Sin rumbo. Con un insoportable vacío dentro de mi pecho…

-Se les recuerda a los señores usuarios que deben mantenerse detrás de la franja amarilla y sólo cruzarla cuando el tren se detenga y…

Empiezo a pensar que tal vez lo mejor sería, cruzar la raya amarilla unos cuantos segundos antes de que llegue el tren… Lo suficientes como para hacer que este vacío desaparezca, aunque yo me vaya con él

El viento me golpea… Veo el tren venir… Las piernas me tiemblan, bajo la mirada, el corazón me late con fuerza, doy un paso en falso… Espero. El tren llega, las puertas se abren. Me subo, sin dejar de mirar al suelo. Me dejo caer en el asiento. Abro el libro que llevo e intento leer un poco, salir de mi vida y entrar en la vida de alguien más… Cuando creo que voy a conseguirlo, veo caer un par de gotas que empañan el libro ¿Estoy llorando? -me digo- Me toco los ojos: están secos. Otro par de gotas caen sobre el libro. Subo la mirada: un charquito de agua fría del aire acondicionado me cae en la cara. Me irrito. Oigo una risilla curiosa a mi lado que hace que me moleste aún más. Volteo: es una chica linda, pelirroja. Ella me sonríe, yo le frunzo el ceño, como por acto reflejo, mientras me limpio los ojos. Otro par de gotas frías me caen encima. Apoyo mis pies para levantarme del asiento. La joven se cambia al asiento de al lado, cediendome así su puesto. Acepto el favor, hipnotizado por el movimiento de sus cabellos rojos… e intento seguir leyendo, a la vez que noto como la chica se queda observando mi libro, con curiosidad y ¿admiración? Me volteo, la miro con detenimiento sin reparar en si soy indiscreto o no… Detallo sus rasgos… Me da la impresión de conocerla, pero ¿De dónde? La joven me devuelve la mirada: sus ojos son tan profundos que apenas resisto unos segundos. Bajo mi vista y, en esto, veo que lleva un libro sobre sus piernas… En la contraportada hay una foto en blanco y negro… Lo reconozco: es Sartre, uno de mis escritores preferidos. Enseguida, vuelve a mí el recuerdo del día que empezó todo esto: La chica a mi lado es la misma chica que vi en el metro y seguí pero perdí de vista: Es ella…

¿Así que a ti también te gusta leer? -Me dice, sacándome de mi ensueño

Son casi la 1 p.m. En breve, miles de personas volverán a sus puestos de trabajo. Todos esforzándose en mover la gran maquinaria del mundo, en producir y consumir; dando lo mejor de sí para llenar el vacío de la existencia humana. Sin pensar que, tal vez, el verdadero deber sea tan sólo detenernos un segundo a pensar, a tratar de conocernos, y aceptarnos… que tal vez la clave -lo único que pueda llenar para siempre este vacío- esté dentro de nosotros mismos… o en una aventura, en un encuentro casual, que entonces, tendremos que vivir, sin detenernos a pensar…

Son casi la 1 p.m. Miles de personas van y vienen de un lado a otro, en una carrera absurda y sin sentido. En una plaza, sobre un árbol, un pajarillo canta a la sombra, dando gracias por el milagro más grande que todos tenemos: existir. Al mismo tiempo, a unos metros en el subterraneo: una nueva historia está a punto de comenzar…

Me decía una y otra vez que, si un hombre, un hombre sincero y desesperado …, ama a una mujer con todo su corazón, si está dispuesto a cortarse las orejas y enviárselas por correo, si es capaz de sacarse la sangre del corazón y volcarla en el papel, saturar a esa mujer con su necesidad y anhelo, asediarla eternamente, no puede ser que ella lo rechace. El hombre más feo, más débil, el hombre más indigno, ha de triunfar por fuerza, si está dispuesto a dar hasta la última gota de su sangre. Ninguna mujer puede rechazar el don del amor absoluto.

Sexus - Henry Miller.

Mi corazón estalla. Se detiene. La sangre deja de viajar por mi cuerpo, de vitalizar mis organos, mis extremidades. Mi cuerpo entero se seca, se vuelve de piedra, de hierro: se convierte en una vieja campana, oxidada y vacía: por dentro, mi alma rota, grita, la golpea con fuerza: la campana -mi cuerpo- se sacude, de abajo hacia arriba, en violentos escalofríos.

Ismar me mira, con la misma profunda mirada de amor, que intenta descubrir todo mi ser y dejar expuesto el suyo: su mirada hace que los pedazos de mi corazón vuelvan a unirse despacio; como cromo. Pero antes de que vuelva a sentirme completo, su mirada se apaga, lentamente, como si todo su amor, todo su ser estuviese siendo poseído por algo más: por la imagen del compromiso, del matrimonio, de la sociedad. “Espero que no me odies, y puedas perdonarme un día“, me deja como palabras de despedida, justo antes de que su ser quede eclipsado por el frio antifaz de quienes buscan la comodidad y la seguridad, dejando a un lado la pasión, la vida…

Mis manos tiemblan, los fragmentos de mi corazón arden y palpitan por dentro. Un impulso desesperado me lleva directo a sus labios; pero es inutil; ella me esquiva. Sus labios, que estaban tan cerca de mí cuando pensaba en ellos en la soledad de mi cuarto. Ahora, frente a mí, están infinitamente lejos, como separados por un muro terrible, helado, insondable.

Siento como, tras perder mi último intento, mis brazos fallan, mi frente empieza a sudar y mis ojos se nublan: pierdo una a una todas las fuerzas que sentía en mi interior hace unos minutos. Me siento aún más débil y solo que antes de conocerla. Porque ahora, después de perderla, lo que me mantenía con vida, la esperanza de conocerla desaparece.

-no te ves bien -me dice.
-¿cómo podría estarlo? -respondo quejándome.
-de verdad discúlpame, no quise hacerte daño. Ayer no pensaba en nada; pero hoy reflexioné todo, tenemos varios años juntos, hemos hecho muchos planes juntos y… -se interrumpe mientras saca el móvil de su bolso. -Es él. Debo irme.

Ismar le pide la cuenta al mesonero. Yo me quedo hundido en el asiento. En el fondo hay como una sonrisa, como una mueca que se asoma en mi rostro. La situación es tan triste, tan absurda, que me cuesta creerla. Por una razón extraña, el hombre y la mujer no pueden creer o asimilar una noticia muy buena o muy mala, apenas la reciben. Hace falta segundos, minutos, horas, a veces hasta días completos, para poder absorber todo esa alegría, o tristeza, que el inesperado suceso trae.

Por esto, en el punto más bajo, cuando creí que me desmayaría, que arrancaría a llorar, que no podría soportar más todo esto. Me calmo. Ismar se pone de acuerdo conmigo, decidimos que ella saldrá primero, para estar seguros. Yo asiento con tranquilidad, aún cansado y confundido. Ismar se va. En unos minutos, yo también salgo y regreso a mi oficina. Paso todo el día pensando en ella, en que encontraré una forma de que estemos juntos, de hacerla entender que, más romantico, más hermoso que un anillo de compromiso o un vestido blanco, es un corazón latiendo de amor, unas manos temblando, sudando tan sólo por estar frente a la persona amada; que sentirse totalmente lleno con alguien, es un lazo más fuerte que un par de firmas; que no tiene sentido venir al mundo a tratar de darle comodidad, seguridad y estabilidad a una vida que en el fondo es perecedera y efímera; pero que, tal vez, sí valga la pena volverse como estrellas fugaces, que aunque su existencia parezca desvanecerse ante nosotros en tan sólo un segundo y carecer de sentido, en el fondo son hermosamente sublimes y viven en nuestros corazones por siempre; que quien quiere asegurarse una vida larga, fallece sin remedio, y, quien no teme entregar su vida, obtiene la vida eterna. Aunque esté toda envuelta en un segundo.

Paso toda la tarde en mi puesto, reviviendo la vida de los heroes, de los más grandes amores de la historia. Paso toda la tarde escribiendo palabras en la arena del pensamiento, dejando que las horas transcurran. Me prometo explicarle a Ismar, con mi mirada ardiendo, que Dios vive más en el corazón de quien cree firmemente, que en una bonita iglesia. Me veo allí, con la verdad en la boca, hablandole firmemente, haciendo frente a todas las farsas que desde pequeño nos hacen creer; por primera vez me veo ahí, dandole una patada a la sociedad, justo en el centro. Y llevándome a Ismar, por siempre…

Seis. La espero en la planta baja; a un lado del pasillo, desde donde no pueda verme cuando salga. En unos minutos la veo caminar, le dice unas palabras al vigilante: su voz está apagada, como en el día de la partida de Syd. Sigue caminando y sus pasos son lentos, tristes, su cabeza está baja y en sus ojos no guarda el menor brillo…

Salgo a su encuentro. Apenas me ve, Ismar se sonrie como una niña. En un segundo, su cuerpo recupera toda la vida de la que carecía. De nuevo veo a mi amante ahí, frente a mis ojos… Salgo a abrazarla. Ella acepta mis brazos. Por un instante vuelvo a sentirme del todo lleno. Pero, sólo por un instante. Ismar se aparta. Pueden vernos… Es demasiado arriesgado. Escucha, necesito que hablemos, tengo muchas cosas que decirte… Vamos a salir de aquí. No, no puedo. Espero a…

En este momento, llega una persona, alta, vestida de traje, bien peinado y con un carné colgado al cuello, todo impecable y correcto. Me quedo mirándolo con rabia por habernos interrumpido, pero no alcanzo a imaginar cuan grande es el odio que puedo sentir por este desconocido hasta que él se acerca y… besa a Ismar en los labios.

Apenas puedo contener las lágrimas de mis ojos; ya no siento nada por dentro, como cuando la herida es tan grave que todo el dolor desaparece y sólo queda un pequeño hormigueo.

-Carlos, él es el ingeniero del sistema de nómina. Hablábamos de unos pequeños ajustes que tenemos que hacerle…
-Ah ¡Mucho gusto! Ismar me ha hablado muy bien de usted. Me dice que eres un excelente programador.
-No… no es nada. Discúlpenme, debo irme. Espero que estén bien. -y me alejo.

Salgo de la empresa con las últimas fuerzas que me quedan. Camino unos pocos pasos y, cuando pienso que ya no puedo más: que voy a caerme, a gritar; recibo un mensaje.

Le doy a leer: es Ismar. Espérame mañana en el mismo restaurante de hoy, a la una… Tenemos que hablar

Lo observo. En cualquier momento va a empezar a moverse y a hacer ruido… ahí está: ¡TI…! Apago la alarma, y sigo sin moverme. Apenas llevo unos minutos despierto, pero en mi boca, en lugar de una sensación amarga, tengo un sabor distinto, como un hormigueo dulce que recorre mis labios, me llena por dentro e inunda mi mente. Una escena me regresa el día de ayer: la lluvia, la voz de los niños, sus brazos, sus ojos, sus labios… Ella: Ismar, el sabor de tus labios aún está en mi boca.

Me quedo mirando el techo, enternecido por todos estos pensamientos; podría quedarme semanas así, alimentado por esta dulce calidez en mi pecho, dejando que mi alma, separada de todos los tormentos que la aprisionaban, viaje por todas las galaxias del universo: vea nacer y morir a todas las estrellas: llegue hasta el punto mismo donde se encuentra Dios y le diga:

Gracias. Todas las penas que he pasado en mi vida las han curado… Sus labios. Tus ojos Ismar.

Pasan diez minutos hasta que empiezo a pensar que sería inútil quedarme acá: voy a llegar temprano: terminar todo el trabajo que tengo que hacer: y luego invitaré a almorzar a Ismar.

De un salto voy de la cama a la ducha, la abro, espero que salga agua tibia; en vano. Sólo hay agua fría… ¿Qué importa? Entro cantando a la ducha y de ahí voy cantando a mi cuarto, a vestirme, a preparme para ir al trabajo, para volverla a ver…

Me doy cuenta que no tengo ticket de metro, menos mal: así tendré unos minutos para reflexionar o leer en la fila.

Entro al tren, casi me sorprendo diciendo buenos días. Noto que varias personas se quedan mirándome: una niña, unas muchachas, una señora, un señor mayor ¿Por qué? Trato de notar que ha cambiado de ayer a hoy, qué hace que no pase desapercibido. Pero no tengo nada nuevo, excepto… Mi sonrisa. La calidez, la alegría que recorre mi rostro. Mi alma está asomada en mis ojos y le sonríe al mundo. Después de miles de años el mundo, al fin, llevó el desarrollo a la cúspide: hay computadores, autos, internet, centros comerciales, constructora sambil, cines, stars wars, zara, ropa de marca, gobiernos, presidentes, bombas nucleares, chocolates, enlatados, fridays, finos licores, empresas, ingenieros, medicinas, metros, aviones, jets, progreso, progreso, progreso… El hombre llevó la vida material a la cima: producción, producción, miles de cosas innecesarias para vivir -de verdad- son arrojadas todos los días afuera: y cientos de publicidades nos hacen pensar que son necesarias. No se puede salir de casa sin un iPod, y en casa no puede faltar un televisor pantalla de plasma con Direct TV, sino, no estás a la moda, eres pobre, eres una persona extraña: no puedes entrar a la sociedad si te hablan de HBO y no mencionas la película que estrenaron esta semana… El mundo material está en el tope ¡Bravo! Matamos miles de especies, árboles, bosques, abrimos huecos en la capa de ozono, tenemos guerras donde perecen personas, niños, donde se destruyen edificios que hombres levantaron con tantas gotas de sudor y se gastan millones de dólares en armamentos mientras hay personas que mueren por no tener un pedazo de pan… ¡Bravo! ¿Qué importa? Mientras no llueva y no se caiga el Direct TV, mientras no falle el aire acondicionado, ¿Qué importa si cada año el calentamiento global se vuelve un problema más y más serio? Las personas no dejan de mirarme porque, después de tanto progreso, la mayoría de los seres humanos se han quedado casi sin alma. Se han vuelto tan frios y secos como la ropa que usan, los autos que manejan y el televisor que tienen en casa. Como si fuera poco, los sentimientos que muestran son acordes a la sociedad: felicitaciones de cumpleaños, matrimonios, aniversarios, etcétera: de ahí no salen. La mayoría de las personas son autómatas: simples partes reemplazables del engranaje del mundo. Estamos en la época del progreso, donde todos nos volvemos máquinas para sacar procesadores más potentes, más empresas, más centros comerciales… ¿Para qué? Pero en el fondo algo humano queda y espero que siempre quede: por eso no dejan de mirarme, esa parte humana es atraída como un imán hacía mí… Esa parte humana busca encontrar el alma que irradian mis ojos. Esta parte de mi alma que tu despertaste, Ismar…

Llego al trabajo, saludo y mis “buenos días” van más allá que un saludo: son un abrazo fraternal que les dejo a mis compañeros. Apenas me siento en mi puesto, tomo el teléfono: llamo a Ismar. ¿Almorzamos juntos hoy? Sí, me dice. Nos ponemos de acuerdo para ir a un restaurante agradable hoy. Me dice que la espere en la mesa. No entiendo porqué no podemos salir juntos del trabajo, y enseguida una sensación de angustia empieza a morder mi pecho. A las doce, llego al restaurante. Ismar llega unos minutos después: está hermosa. Se sienta a mi lado, conversamos, nos damos un beso antes de almorzar, la noto temblorosa, tímida, inquieta: me quiere, pienso. Yo también. Terminamos de almorzar en silencio, apenas arrojándonos unas miradas furtivas y profundas. Ismar se pone cada vez más inquieta, a la vez que noto como la sensación de angustia empieza a avivarse y a devorar mi pecho. De pronto se lleva una servilleta a los labios, la deja caer en la mesa y empieza a contarme apresuradamente que soy una persona increíble, que nunca se había sentido con alguien así, que hubiese deseado que yo llegara antes a su vida, en este momento siento como mi pecho es apretado por una garra y empieza a resquebrajarse y a sangrar…

-Eres increíble -insiste Ismar- y esto va más allá de todo lo que he tenido antes; pero, no podemos seguir juntos. Lo siento, debí decirtelo antes: pero ayer todo pasó tan rápido… Estoy comprometida, no puedo ocultartelo, en unos meses planeamos casarnos, no creo que sienta lo mismo por ti que por mi novio pero, tenemos ya mucho tiempo juntos y me siento estable y no… Esto no puede ser, y no está bien… Lo siento. -Termina por decir… Mientras yo siento como la garra se cierra sobre mi corazón.

Estoy inquieto. Falta poco para las seis. Temo que a Ismar se le olvide nuestra cita. Temo llamarla y que me diga: “Disculpa. Se me pasó por alto, te prometo que nos veremos luego”. Temo salir, y darme cuenta que estoy solo de nuevo, en medio de todo este caos sin sentido… y con un amigo menos en mi lista…

Suena el teléfono… ¡Es ella!

-¿Ismar?
-Buenas tardes, ¿hablo con el departamento de Recursos Humanos?
-No… Esto es informática…

Corto la llamada, y marco el número de ella: el teléfono suena unas cinco veces, sin respuesta… Al fin alguien atiende: en el fondo se siguen escuchando los primeros discos de Pink Floyd: en primer plano, su voz, aún apagada y triste dice:

-Departamento de…
-Soy yo…
-Ah, ¿Cómo estás? ¿Sí? Tampoco estoy nada bien… Espérame abajo en diez minutos.

Cuelgo el teléfono mientras noto que mis manos tiemblan. Me apresuro a bajar, espero en uno de los pasillos que está detrás de la salida, no quiero que Ismar me sorprenda y note como la espero angustiado… De pronto hay una falla eléctrica y las luces se apagan por un segundo.

Syd deja caer la guitarra, y empieza a viajar a la velocidad de la luz por todo el universo de su mente, mientras Waters y sus compañeros sujetan su cuerpo. Es el segundo concierto de la gira que queda interrumpido; los problemas con el LSD y otras drogas impiden a Syd tocar. “Tenemos que hacer algo” piensa Waters mientras toma los hombros de su amigo. Sin embargo, él sabía cuan difícil eran, incluso, pronunciar estas palabras. Syd le había dado no sólo un nuevo nombre y un nuevo horizonte al grupo: había creado grandiosas composiciones: lo hacía desde los dieciseis años. Sus letras y canciones psicodélicas empezaban a lanzar a la banda al espacio. Además Syd era el líder como cantante y guitarrista… Y un gran amigo para Waters. No, no era una situación sencilla… Pero el grupo estaba de por medio y algo había que hacer… Entonces Waters llama a Gilmour, quien se iba a encargar de sustituir a Syd cuando éste no pudiese continuar tocando. Pero la situación seguía siendo muy incómoda y difícil de manejar. Así llega uno de los días más duro en la historia del grupo: Syd Barret debe marcharse, “sin embargo, me gustaría que continuaras como compositor” le dijo Waters. Pero el retiro de Syd fue definitivo. Aún así, con la perdida de su primer compositor, cantante y guitarrista, la banda siguió adelante… Y llegó a ser una de las tres bandas más grandes de la historia.

No obstante, la corta carrera de Syd, su influencia y su presencia siguió siempre en el corazón de Waters, Gilmour y sus compañeros. Fue así como un día Roger se despertó y, en un estudio de grabación, mirando la luna por la ventanilla, exclamó para sus adentros: Wish you were here… Fue así como llegó The Dark Side of the Moon, The Wall, y todos estos discos y canciones que nos recuerdan a un genio, exiliado en su pueblo natal y a la vez habitando los lugares más lejanos de la galaxia, olvidado por todos y viviendo en los corazones de millones de personas a un tiempo…

La luz regresa. Casi al instante puedo ver como Ismar aparece delante de mis ojos, está buscandome, pero no me consigue; así que toma su móvil y me llama… Yo atiendo el teléfono mientras me acerco a ella:

-¿Dónde estás?
-A tu lado -le digo.

Ismar voltea, me abraza, sus dedos aprietan mi espalda de una forma que puedo comprender su dolor y su apoyo. Nos separamos, ella me mira, excruta todo mi ser con su mirada y a la vez me deja que observe todo su mundo a través de sus ojos. Le diría que así no hace falta que digamos palabra alguna, pero… no es necesario decirlo…

Ambos decidimos salir a caminar un poco. Inesperadamente hablamos de pequeñeces de trabajo, de nuestro día cotidiano… Pero ninguno de los dos hace mención al grupo, a nuestro amigo, a nosotros… Como si todo aquello hubiese quedado sobretendido sólo con nuestras miradas… y sus dedos…

-¿Tocas algún instrumento? -Me pregunta de pronto.
-Sí, guitarra. Un poco…

E Ismar empieza a contarme que ella de joven aprendió a tocar guitarra, piano, que hizo teatro, danza, y muchas otras actividades; pero que necesitaba venir a trabajar y no tuvo más remedio que olvidar esas cosas, que añora demasiado aquellos días… Me da las gracias porque me dice que ayer, cuando hablamos, recordó todo aquello… que necesitaba un respiro, que a veces se siente como una extraña aquí… Yo callo, mientras siento como poco a poco voy uniendome a ella.

-Tú también debes de estar muy solo… Por lo que dijo tu compañero, ¿Es verdad que nadie te llama?
-Para que voy a mentirte… -digo sonrojándome- Pero a veces es mejor así…
-No digas tonterías… Bueno, espero que sepas que ya tienes a una persona que va a llamarte -me dice abrazándome… En ese momento tengo tantas ganas de besarla, pero siento que es demasiado pronto, no porque me importe la sociedad, sus preceptos, normas, tiempos y demás necedades; es porque me gustaría estar seguro de que no va a apartarse: puedo resistir que el mundo entero caiga sobre mí y me rompa en mil pedazos: pero no podría soportar que una mujer como ella me rechace…

-De nuevo pensativo, ¿no?
-Sí… No te preocupes, soy así -digo tratando de calmarme para no sonrojarme otra vez
-Ah… Yo soy igual -responde- ¡Mira! Una tienda de música, ¿entramos?

En la tienda hay algunos discos de Pink Floyd, hablamos un poco de ellos… Ismar deja caer algunas lágrimas, yo la abrazo, de nuevo siento ganas de besarla, esta vez no por deseo, sino por ternura. Un beso, es hasta insípido cuando no sentimos nada por la persona que besamos: pero cuando es la persona que amamos, las bocas se vuelven un puente donde las almas de ambos se entregan, se sumergen hasta el principio mismo del universo y luego son llevadas por los ángeles de Dios de nuevo al mundo, donde renacen, y nunca vuelven a ser las mismas. Creo que todas las marcas de ropa y artefactos y todo el dinero del mundo no es nada comparado con esto. Aunque no puedo estar seguro… Nunca he estado con una persona así… Hasta ¿Hoy? Pero, aunque todo me pareciera anunciarme que algo va a pasar, dentro de mí no puedo creerlo, no puedo imaginar la dicha que sentiría entre tus brazos… Ismar… Si sólo…

-¿Salimos?

-Sí… Está bien… -respondo

-De nuevo te vi ensimismado, como si ocultaras algo…

-¿En serio? -contesto conteniendo un suspiro… -En realidad yo…

Un trueno no deja que termine lo que ni siquiera sabía que iba a decir. Empieza a llover. Unos niños que están alrededor se ponen bajo una iglesia que está al cruzar la calle. Ismar y yo los seguimos. Una brisa helada nos golpea, pero a su lado no puedo sentir frío, y pienso que ella siente lo mismo…

Nos ponemos a refugio, los niños juegan cerca de nosotros, yo me quito mi chaqueta y empiezo a secar y a acariciar los brazos de Ismar, ella me mira, e instantáneamente, por primera vez en mi vida, sin pensar, ni meditar hago algo… Sujeto a Ismar del brazo y llevo sus labios a los míos… Ella no opone resistencia: Nos besamos de forma apasionada… Sus labios son tan suaves, tan dulces, tan puros… que siento como mi cuerpo y mi alma se vuelven un sólo átomo y en las manos de Dios viajo hasta el fin de las estrellas, dejando atrás todo recuerdo y todo momento amargo, toda sensación de tristeza… Siento como cada instante de mi vida cobra sentido y… Ismar se aleja… “Esto no está bien“, dice. “No te preocupes”, respondo con dulzura… La abrazo y pasamos un par de horas juntos hasta que llega el momento de despedirnos…

Son las once. El taxi en el que voy me pide permiso para detenerse en una estación de servicio. “Adelante”, le contesto… La luna está llena y las carreteras vacías. Dejo caer mi cabeza y mi mente sobre el asiento. Me siento pleno, lleno… Bueno, no del todo; pienso cuando al fin llego a mi casa.

Las palabras de Ismar, aún se repiten en mi mente, en el momento que voy a quedarme dormido: esto no está bien; pero…

¿Por qué?

Tan razonable como representar una prisión de cierto género por otra diferente, es representar algo que existe realmente por algo que no existe. (Daniel de Foe).

-Departamento de Informática. Buenos días. -responde mi compañero del puesto de al lado- ¡Ismar! (es la joven del sistema de nómina) ¿Cómo estás? Muy bien, muchas gracias. ¿Quieres hablar con él? (dice mirándome extrañado) ¡Es la primera vez que alguien lo llama desde que trabaja aquí! -y se rie a carcajadas. Yo me impaciento: no me importa lo que piense mi compañero; pero, que me pase el teléfono ¡ahora mismo! Que querrá Ismar ¿Habrá algún problema con el sistema de nómina? ¿O sólo querrá hablar conmigo?- Sí, de verdad, nadie lo ha llamado desde que trabaja aquí -Le arrojo una mirada de odio a mi compañero- Un momento, ya te lo paso…

Tomo el inalámbrico y lo llevo a mi puesto. Intento poner una voz amable, dulce, que le toque el corazón:

-Buenos días, Ismar. Es una grata sorpresa, dime ¿Cómo estás?
-Hola -responde secamente.

Siento que mi corazón se detiene un momento. Me quedo atónito: intento seguir hablando, pero creo que por el tono de voz que me sale, cualquier cosa que diga es como si preguntara lo mismo: ¿qué pasa?

-Te tengo una mala noticia -dice de forma aún más tétrica y seca.
-Dime -respondo con la voz cortada
-Uno de los integrantes de Pink Floyd… Falleció.
-¿¡QUÉ!? ¿QUIEN?
-Syd Barret… Tengo el alma destrozada… Apenas me enteré me acordé de ti, pensé en llamarte para darte la noticia. Casualmente ayer hablabamos tan tranquilos de ellos…

En este momento un viento que llega del mismo ártico golpea todo mi cuerpo, siento una punzada en mi pecho, y veo como rápidamente desaparecen todas mis fuerzas, al punto que ya no puedo ni pronunciar palabras…

-Gracias por avisarme Ismar, no sé que decir… Lo siento, de verdad -. Le entrego el teléfono a mi compañero de trabajo. Me levanto de mi puesto. Voy al cafetín, al baño, al pasillo… Quiero llorar, salir corriendo ¡Syd! Justo ahora que oigo tus discos, justo ahora cuando no hacen doce horas que la encontré, que pasamos la tarde hablando de ti. ¿Por qué pasa esto cuando aún llevo dentro de mí una pequeña felicidad por encontrarla? ¿Es un obsequio, Syd? ¿Un aliento que nos mandas a ambos para soportar tu partida?

Regreso a mi puesto, no consigo que el dolor que llevo brote de mis ojos: no consigo arrancarlo de mí. Las peores lágrimas son las que somos incapaces de llorar. Las que se quedan dentro de nosotros, golpeando nuestro corazón, gota tras gota: hasta romperlo y hacerlo sangrar; y al final lloramos esas gotas: lloramos lágrimas de sangre, y nuestro corazón roto y seco deja un vacío dentro de nosotros: pero, aún así, el dolor de una u otra forma sigue allá adentro, golpeando el vacío hasta reventarlo y formar un vacío dentro de ese mismo vacío. Golpeando el pecho hasta hacer una herida, que arde y se carcome por la sal de esas lágrimas que nunca logramos sacar de dentro de nosotros. Esas lágrimas que quedaron allí golpeandonos hasta hacer una herida… Una herida que nunca consigue cicatrizar.

Veo el monitor, intento colocar mis manos sobre el teclado: seguir trabajando; hacer como los otros, seguir adelante sin importar lo que pase: como un ejercito que marcha gritando ¡Un, dos! ¡Un, dos! Mientras al lado, caen bombas que destrozan todo, y gente agoniza, mutilada a su alrededor… No, no puedo seguir trabajando así. De buena manera lo hiciera, si hubiese fallecido algún familiar lejano. Pero Syd ¡Syd! Que aún sin conocerlo siento que me acompaño tantos días difíciles; cuando la psicodelia de sus canciones era lo único que me sacaba del mundo real, y me mantenía con vida… Y, aunque parezca ilógico, no era capaz de imaginarme que alguien así también iba a irse algún día…

Miro el teléfono. ¿Cuantos días son políticamente correctos después de conocer a una persona para tener derecho a invitarla a almorzar? A la m… la política, la sociedad y sus reglas. Levanto el teléfono. Marco el número:

-Alo -contesta Ismar con la voz apagada. En el fondo puedo oir una de las primeras canciones de Pink Floyd.
-Soy yo. Estaba pensando si sería bueno que almorzaramos hoy…
-Hoy no puedo salir a almorzar, tengo muchísimo trabajo…
-Ah… -contesto desanimado
-Pero… ¿A que hora sales? Podemos vernos a las 6.

Próximo fragmento en un par de días. Take it easy… No es fácil escribir con todo lo que me ha pasado lately… Pero a la vez me resulta necesario

-Sí… Está bien… No se preocupe… And After all… Yo le envío el informe… Todo en orden… We are only ordinary men… No hay ningún problema, sólo debo comentarle que… It’s not what we would choose…

»Hasta luego… To do

La chica deja el móvil sobre su escritorio. Yo sigo perplejo, mirándola… Con la canción mezclada con su voz, y mis pensamientos… En una mezcla de alegría, confusión y sorpresa tal, que intento concentrarme para estar seguro de que esto no es otro sueño… que no voy a aparecer de nuevo en mi cuarto… que ella no va a desaparecer…

¿Cuantas veces no me ha pasado lo mismo? Después de estar con ella en casa, con la luz baja, mirando la lluvia a través de la ventana, mirando el humo que nace de nuestras tazas de café… Cuantas veces después de estar abrazándola, besándola; en tantos lugares, tantos sitios; cuantas veces después de volar con ella entre mis brazos, sobre los árboles… Cuantas veces después de detenernos a hablar en la terraza de extrañas casas… En montañas… En hermosos restaurantes inexistentes… Cuantas veces no me he despertado solo, con un inmenso vacío en el pecho, desesperado, con el rostro lleno de lágrimas, apretando mi almohada y golpeando mi cama; detestando a mi imaginación por recordarme a una persona que no está conmigo, que tal vez nunca llegue a conocer o simplemente no exista… Cuantas veces?

Y ahora que estoy aquí, con ella enfrente… ¿Por qué una parte de mí intenta encontrar un defecto que me haga pensar que no es ella, que la búsqueda sigue, que podré volver a despertarme en mitad de la noche y golpear mi cama y llorar… y este vacío seguirá formando parte de mí y no tendré que cambiarlo por el brillo de sus ojos? Tanto temo acercarme… Tanto temo decir…

-Eres extraño… De nuevo te has quedado como soñando despierto…

(…Que te he encontrado)

-Disculpa… La música de tu móvil… No es para menos que para soñar…
-¡Ah! -responde sonrojándose un poco -A mis compañeros de trabajo a veces le molesta, cuando dejo mi móvil olvidado, me llaman y suena por más de 5 segundos, empiezan a quejarse…
-Yo no me quejo Pink Floyd es genial… -Y al decir el nombre del grupo, el rostro de la joven se vuelve un reflejo del asombro y la alegría que mostré unos segundos atrás.
-Es increíble -responde después de unos segundos -que en un lugar como éste pueda conseguirme a otra persona que los escuche. -Y dice esto último con un gesto de admiración y respeto, que me hace entender al instante que para ella -como para mí- los Floyd no son sólo otro grupo de música…
-Cierto, ¿no? Yo también pensaba que mi escritorio era el único lugar donde revivían a cada instante David, Waters, Syd…

(No sabía que también vivían en tu móvil… en tu alma… En tu corazón).

-¡Syd! Sobretodo él me encanta, -contesta- las canciones del inicio del grupo. Claro, son muy sicodélicas, no todos pueden entenderlas…

Así pasamos parte de la tarde, cada vez adentrándonos más en la vida de nuestros músicos, de nuestros heroes. De nuestros amigos… Mientras el sistema seguía dándonos la bienvenida y pidiendonos una contraseña…

-Y lo mejor es que todos aún viven -Culminaba ella -No importa que sepamos que nunca volverán a estar los cinco sobre un escenario… Aún cuando no haya esperanza, pero sea posible de alguna forma… Es difícil explicar…
-Al menos sabemos que mientras estamos hablando, ellos están en algún lugar, tal vez pensando en ladrillos, conciertos, canciones, gnomos o unicornios.

Us and them…

-Disculpa un segundo… Tengo un mensaje de mi jefe ¡El sistema! Lo olvidé por completo…
-¡Ah! Enseguida te explico, no te preocupes, es bastante intuitivo y siempre tienes un botón de ayuda que…

Son las 6 de la tarde. Hace quince minutos dejé su oficina. Entre mis manos guardo, como si fuera un tesoro, una tarjeta con su número… Dentro de poco la llamaré, y, en algún lugar de esta capital, volverá a sonar Us and them

6 de la tarde. Sobre las avenidas congestionadas, cantidades impresionantes de smoke, ruidos y gritos son arrojados, como la tos y la flema de un gran criatura enferma; la gente camina sin brillo en la mirada, sin metas, sin sueños: cansadas de este ir y venir sin sentido. En un rincón, un hombre con un delantal deja caer dos bolsas grandes de basura; en la esquina unos policias le piden los documentos a un motociclista; a mi lado una señora de unos 70 años me pide que la ayude: por lo que más quiera. Me detengo a sacar mi cartera, el reflejo del sol, en un charco sucio, golpea mi cara…

Es un día hermoso.

La chica me devuelve la mirada extrañada: al parecer me quedé observándola con más avidez y por más tiempo de lo políticamente correcto. Esta sociedad dicta una serie de reglas, y yo, por estar la mayor parte del tiempo tratando de mirar lo que está por encima, por detrás, por dentro de lo que es, en apariencia, la vida: paso por alto todas esas exigencias; entonces siempre quedo como mal educado, irresponsable, inadaptado, insocial, presumido, y tantos adjetivos que la gente me impone como calcomanias a un paquete.

Así siento que mi vida pasa de unas manos a otras, cada vez acumulando más y más etiquetas; que a veces pegan sobre otras etiquetas: contradiciendose, anulándose unas a otras; y en vez de aligerar el camino, hacen la carga cada vez más pesada. Al final ninguna de estas personas que intentan resumir todo mi ser con una o dos etiquetas, me conoce realmente: a lo sumo entienden una pequeña parte de mí, y a veces hasta en eso se equivocan. No, nadie sabe quien soy del todo…

Excepto ella…

¿Será ella realmente?

Mientras lucho por no sonrojarme, volteo la mirada a donde está mi jefe: éste a su vez observa con desagrado la ropa que llevo puesta: hoy me vestí con lo primero que saltó a la vista cuando me levanté ¿Para qué molestarme? Si todos los días es lo mismo, dije. Y ahora, ¡Cómo desearía estár mejor preparado para esta ocasión! En la vida hay multitud de oportunidades esperando por aparecer a nuestra vista: pero sólo pueden aprovecharlas quienes están preparados, en el momento que éstas llegan. De improviso.

Mi jefe nos presenta. La chica me saluda amablemente (sus dedos son tan dulces). Caminamos a su oficina, despacio y conversando con tranquilidad: mientras, dentro de mí se agita un remolino de pensamientos, que se debaten y se reprochan por bajar la guardia: justo en el momento indicado. ¿Y si ella es sólo otra chica más? Intento justificarme. He estado tanto tiempo esperando este momento y justo cuando parece llegar, trato de persuadirme de que no es así ¿Por qué? El ser humano está tan acostumbrado a la costumbre que aún cuando los cambios que se vislumbran, parecen ser para mejor, nos da miedo dar el salto, salir del círculo, de la cárcel que es nuestras vidas. Preferimos seguir en la comodidad de lo seguro: aunque sea una seguridad mediocre.

¿Es ella? No, tal vez no lo sea…

-Te veo un poco pensativo -dice, suavizando sus palabras con una sonrisa fugaz y sincera

-¿Sí? No, no es nada…

-Esta es mi oficina -dice girando la perilla para entrar: pero la puerta está cerrada.

-Oh, otra vez se me cerró la puerta y no tengo la llave…

-Te pareces a alguien que yo conozco -digo sonriendo

-¿Sí? Imagínate, tantas cosas importantes que uno tiene en mente, que a veces descuida lo más sencillo

(A mí me pasa lo mismo -no logro diferenciar si dije o pensé esto último)

-Espérame un momento -Y vuelve en un par de minutos con la llave de la oficina -Aquí es, pasa -me dice

Nos sentamos. Le pido que escriba la dirección en su navegador para acceder al sistema. Ella la escribe con soltura. El sistema nos da la bienvenida y nos pide la clave. Empiezo a dictarla, un poco cansado por el combate que hace poco se llevo en mi mente, sin que nadie lo notara…

En este momento empieza a sonar el móvil de la joven… El sonido del tono llega poco a poco a mí con la familiaridad y el sentimiento fantasmal de un recuerdo de la infancia: ¡Es una canción de Pink Floyd! ¡Us And Them!

And after all, we are only ordinary men…

Me quedo atónito, apenas puedo creerlo… Pensé que en este edificio, esa canción sólo sonaba en mi escritorio…

-Disculpa, es mi móvil. Dame un segundo, por favor -dice ella

Me and you, God only knows it’s not what we…

-Buenas tardes, director ¿Cómo está? Estoy con el analista en la oficina. Sí, todo va bien… -dice la chica mientras me güiña un ojo. De nuevo noto que estoy observándola con demasiada avidez.

Pero esta vez no puedo apartar mis ojos de su rostro.

¡Al fin! Me tomé unos minutos para escribir… Espero que les guste este capítulo, es un poco extenso, pero lo más probable es que tarde un poco en postear el siguiente, así que tendrán tiempo de leerlo, quienes gusten ;-)

Un abrazo.

Llego de la cama a la ducha de un salto. Graduo el agua en el punto tibio exacto para poder bañarme sin que mi cuerpo se despierte demasiado, y así, medio dormido aún, más bien en piloto automático, salgo del apartamento y voy en procesión con todos mis hermanos asalariados y pequeños empresarios, caminando despacio, amontonados, rítmicamente: rindiendole el primer culto del día al único Dios que todos adoramos y por el cual vivimos actualmente:

El Dinero.

Vivimos para adorar a la Samsung, a los iPod, a la toyota, a Zara, a Hard Rock Cafe… ¡Tengo dinero! ¡Trabajo 8 10 12 horas de lunes a viernes y tengo derecho a darme un lujo! Dice la gente… Sí, los aplaudo ¿Para qué guardar el dinero en un cajón? ¡Vamos! que se te ve muy bien la chaqueta que traes puesta y el dinero es lo de menos… Pero, todas las horas de tu vida que gastaste para poder obtener ese televisor… Horas que pudiste pasar contemplando el mejor canal que tenemos: la vida. ¿De verdad valen la pena? Si viniese un ser sobrenatural y te dijera: entrégame 72 mil horas de tu vida (unos 20 años de trabajo) y te daré un mercedes ¿lo harías? Pero todos hacemos exactamente lo mismo: entregamos con afán nuestras energias, cuerpos, almas, hasta nuestras ideas y sobretodo… nuestros sueños. Para estar detrás de un trabajo porque “hay que ganarse la vida”, pero al final terminamos dando nuestro trabajo / dinero / tiempo que era tan necesario gastar a la empresa con el anuncio publicitario más elegante y llamativo… Si fuese que de verdad necesitáramos ganarnos la vida…

¡Si en vez de tantos centros comerciales con tiendas y artículos tan bonitos… Si en vez de tantos restaurantes elegantes y tantos autos de lujo: de verdad cada persona tuviese lo esencial y necesario para vivir, cosas tan simples como una vivienda! ¡Si todo este movimiento trayera consigo, realmente, el progreso del planeta y no su propia destrucción! ¡Con cuanta alegría me despertaría yo cada mañana y entregaría mi vida al trabajo!

Llego a mi departamento, mi jefe no está en su oficina; así que me voy a mi puesto.

Me alegra ver a mis compañeros de trabajo, no sé… con tanta soledad a mi alrededor, valoro como nunca unos cuantos rostros conocidos… Sin embargo, mis buenos días no suenan verdaderamente como buenos días. Saludo y parece que dijera auxilio. ¡Pero no! Dejar de pensar en esas cosas. Hoy es 15. Iré a comprarme un suéter en Pull and Bear para salir este fin de semana.

Enciendo mi computador, y la poca voz que le queda a mis pensamientos la callo colocando Pink Floyd en mi reproductor de sonido. La callo no; más bien la hago fluir a través de la música, rítmicamente… Syd, Gilmour, Waters: ellos son mis verdaderos padres, mis verdaderos amigos… Las personas que siento que más me entienden: así vivan como en otras épocas, a millones de kilómetros de mí; ellos, extranjeros de mi nación: son mis paisanos. Y esta música a veces me parece que me es tan vital para sobrevivir, como el oxígeno y el suero que le colocan a un paciente en coma…

Trabajar por fuera, dejar que la música alimente mi alma…

Soñar…

¡¡¡PIIIIIIIIIIIIIIIIII!!! ¡¡¡PIIIIIIIIIIIIIIIIII!!! ¡¡¡PIII…

-Departamento de Informática. Buenos días.
-Ven a mi oficina -responde mi jefe- hoy va a venir la persona que usará el nuevo sistema de nómina. Tú estarás encargado de proporcionarle el adiestramiento necesario.

¡Que bien! ¡Y ahora a quien me tocará atender! ¡Seguro que es una señora de unos 70 años, insoportable, que no sabe nada de computación y me tocará enseñarla hasta a manejar el mouse! ¡O un señor de esos que critícan hasta el tipo de letra que se usó para desarrollar el sistema! Nuestra vida dista demasiado de lo que, en el fondo, todos deseamos ¡Y de paso! Cuando se sale de la rutina, casi siempre es por un evento desafortunado…

Así camino hacia la oficina de mi jefe, distraído por mis pensamientos, y, justo cuando voy a entrar… me percato que está una chica a mi lado, en el marco de la puerta, disminuyo la velocidad de mis pasos, levanto la mirada. La miro:

Su cabello negro, corto, desordenado; sus ojos que parece que miraran a otro universo y no a éste; su vestimenta bohemia; y su rostro, que, parece esconder una profunda tristeza y, a su vez, refleja la mejor disposición ante el mundo y sus acontecimientos…

La miro con detenimiento:

¡Es la chica que estaba en la feria de comida!

Ti – ti – ti – ti – ti

…

Tin, tin, tin, tin, tin

…

¡TIN! ¡TIN! ¡TIN! ¡TIN! ¡TIN!

Doy un salto de la cama. Alcanzo a asestarle un golpe al despertador que cae al suelo. Las baterías ruedan por mi habitación.

Es lunes. Mis pensamientos que apenas se despiertan, me pronostican, desde ya, una semana igual a la anterior e igual a la que viene.

Ayer me acosté a las ocho de la noche. He dormido más de 10 horas y me siento tan pesado y cansado como si acabara de acostarme; ya no se trata de cuan temprano me acueste: se trata de que no me motiva levantarme de la cama.

Me levanto, voy al baño, me afeito, cepillo mis dientes, tomo una ducha, me visto; tomo mi cartera, las llaves, un ticket para el metro (aquí es donde noto que, es lunes, no tengo ticket y empiezo a resignarme por la cola que me espera). Tomo unas monedas para comprar el ticket, salgo del apartamento, llamo el ascensor, entro, salgo del edificio, camino hacia la estación La Rutina, entro al metro, hago la cola para comprar el ticket, luego para entrar al sistema, luego para esperar el tren, luego espero llegar a la estación Otro día de Trabajo, me bajo del tren, salgo del metro, camino al trabajo, compro algo de comer en el sitio de enfrente, miro el reloj: voy 5 minutos tarde: la vida de los asalariados vale 5 minutos: la gente se empuja, corre, grita, no les importa, incluso, si les toca llevarse a un anciano por delante: con tal de no llegar 5 minutos tarde al trabajo: de quedar bien con el jefe. Sueñan con un aumento en sus pobres salarios. Pero el jefe se da cuenta de que el empleado existe, es precisamente cuando llega 5 minutos tarde al trabajo: y en vez de aumento, se gana una sanción.

Llego a mi trabajo, llamo el ascensor, espero el ascensor, subo al ascensor, me bajo del ascensor… Llego a mi puesto, paso allí 4 horas tratando de hacer mis actividades lo mejor posible y de crear, siempre crear… Pero en el fondo, creo que podría estar mejor en otra parte… Quien sabe… Dejo a mi mente soñar un rato. ¿Vas a almorzar con nosotros?, me preguntan mis compañeros. No, hoy no. Y voy a comer solo a algún restaurante, y a soñar…

Soñar… Es lo único que a veces nos queda… Por eso sueño…

Llego al restaurante; no hay asientos, está ella, allí, sentada, sola; como si estuviera esperándome. Yo camino hacia ella… Ella ve el libro que llevo bajo mi brazo, ve mi mirada inquieta, ve mi franelilla con la bandera de Francia… Ve… ¿Qué importa? Me ve a mí… Me llama… Es hermosa:

-¿Quieres sentarte conmigo? –Me dice…

Sueño…

Es mejor así, soñar… Son las 12.

No. Son las 6. Estoy soñando…

Me despierto.

Miro el reloj en mi celular. Debo apresurarme si quiero llegar temprano hoy…

Pero, ¿Para qué despertarme si ya se que es lo que va a pasar hoy? ¿Si ya, acostado en mi cama, se todo lo que va a pasar en todo el día?

Me gustaría quedarme aquí, acostado, soñando con ella… Ella que, por supuesto, no llegará. Ya han pasado 2 semanas desde aquella vez que esperaba encontrarla…Y ya no espero nada.

Ya no la espero a ella…

Sólo en sueños…

Soñar. No hay tiempo de soñar. Debo irme al trabajo.

Y, cuando estoy por quedarme dormido, otra vez: suena mi teléfono:

-Buenos días. Te espero hoy a primera hora en mi oficina.

¿Y ahora qué?

-¿En se-rio? -respondo con la voz un poco entrecortada… Conozco muy pocas personas que les gusta leer, ¿y qué te gusta?
-Leo de todo un poco… -responde sonriendo, y cuando pienso que va a continuar: se queda callada. Me irrito; esperaba que me contestara con el nombre de uno o varios escritores.
-Ah que bien… -prosigo- y como qué exactamente?
-Me gusta el suspenso, y también los libros románticos y…
-…

-Ok. -Insisto.- Pero, ¿Cuales son tus escritores preferidos?
-Me gustan muchos.
-…

-Dime al menos uno, tiene que haber uno en especial.
-No te sabría decir.

…………………………………………………………………..

-Está bien. -digo tratando de mantener la calma, que empieza a desbordarse por la intriga.- Dime cual es el libro que estás leyendo ahora, o cual fue el último libro que leiste.

La chica espera un momento. Piensa. Como si fuera a decir un gran título, un gran nombre que requiere unos segundos de silencio, de respeto. Noto como casi cruzo los dedos y aprieto los puños. ¿Tanto me importa conocer a alguien afin? ¿Es tan duro ser un extranjero?

-”Angeles y Demonios” de Dan Brown -dice al fin.

Noto como algo se resquebraja dentro de mi mente. Tomo aire, y trato de calmarme. Dijo que leía de todo un poco… Tal vez leyó ese… libro, por pasatiempo. Por hobbie. Respiro de nuevo. Le pregunto:

-Bien, pero seguro que has leído otros.
-Sí. El mes pasado me leí el Código de Da Vinci. ¿Qué te pareció a ti? -Pregunta como si fuera un hecho que ya yo me leí ese… libro.
-No lo he leído, ni pienso hacerlo. -respondo secamente-. No me gusta.

La chica me mira con una cara de desaprobación, como si le hubiese dicho que odio a mi madre.

-Supongo que tú también has leído otros libros ¿No?
-Bueno sí… -responde ella y siento que empiezo a tranquilizarme.
-¿Cuales? -(prosigo)
-Me leí Veronica decide morir y El Alquimista de Paulo Coelho… y también leí a…

¡Bien! ¡Ya es suficiente! ¿Que te hice Dios mío para que juegues conmigo de esta forma? Primero la tonta intuición, luego casi muero calcinado y ahora ¡Esto! ¿Qué hice? ¡Dime!

Y tengo el presentimiento de que Dios, en sus tiempos libres, se distrae haciendo que me pasen ese tipo de cosas. Dios me habla telepáticamente y me dice:

“Oye, ¿no querías ser escritor? ¡Ahí tienes! Para que te inspires y escribas… No te quejes, hijo mío”.

-¿Qué te pasa? -me pregunta la chica, interrumpiendo mi conversación telepática con El Creador.
-Estaba pensando que con la literatura pasó lo mismo que con la música; hay otros libros, mejores, no hablo de los clásicos… Tal vez neoclásicos. Me gustaría prestarte uno… Yo a tu edad también llegué a leer libros así, pero después…

Mientras hablo la chica me mira extrañada, como si yo fuera un demente; así que no tardo en callarme y en despedirme de ella. Antes de irme le dejo mi número de teléfono, con la seguridad de que nunca va a llamarme ni a enviarme un mensaje.

Regreso a la estación mal agûero. Llego a mi casa, me tumbo en la cama mirando al techo. “Otra noche más solo, sin ni siquiera tener a alguien en quien pensar”, pienso mientras noto cómo mis ojos se humedecen. Y me encuentro a mí mismo reclamandome, pensando que, si me hubiese callado mis gustos y hubiese sido más amable con la chica, tal vez no estaría solo. O al menos tendría a alguien con quien hablar…

Dejar todos mis valores a un lado, todo por un poco de compañía… Pero ¿Qué puedo obtener de esta soledad? Digo dando una vuelta en mi cama y tropezandome con un agenda de notas, que me obsequiaron en el trabajo hace unos días y había dejado olvidada aquí.

La tomo, saco un lapicero del bolsillo, y sin saber muy bien qué hago, escribo: “El Extranjero”. Y empiezan a fluir algunas palabras, que no me tomo tiempo en repasar.

—-

Creo que con esto termina la primera parte de esta historia, cuento largo, relato, mini-novela, borrador o como ustedes quieran llamarlo. No se si es posible, pero me gustaría tener un comentario de cada una de las personas que han llegado hasta acá. Al menos para saber si les gustó y vale la pena continuar con la segunda parte (que creo que será mejor y un poco más interesante). Actualmente no estoy tan solo como mi personaje, pero siempre unas palabras acá me animan muchísimo. También tienen mi correo solo (arroba) otrotiempo (punt0) com.

Un abrazo, Duilio.

Este capítulo es, más que nada, un desahogo personal. No pensé que iba a tomar tan matiz y tal extensión, pero no quise dejar de deslizar mis dedos en el teclado, y forzarlos a ir por el camino que ya tenía planteado. Espero les guste y disculpen la demora en publicar. Prometo publicar el próximo en breve. Un abrazo.

-Es Trópico de Capricornio, de Henry Miller -digo orgulloso, mostrándole la portada.

No me faltan más de 2 segundos para entender que la joven no tiene ni la más remota idea de qué le estoy hablando. Como cuando intento explicarles a mis compañeros de trabajo, que existe algo más en la vida que un horario y un quince y un último.

-¿Y de qué se trata? -pregunta la muchacha con la voz y la mirada de altivez que intenta plasmar la gente estúpida. Mientras más intentan darse aires de inteligencia y demostrar que son importantes y valen para algo, más dejan al descubierto su estupidez.

-Es básicamente autobiográfico… El autor apoyado en las experiencias de su vida nos deja su filosofía y una fuerte critica social al mundo moderno y…

La joven deja salir un bostezo ¿o es un suspiro? Lo que en ningún momento dudo, es que la estoy aburriendo…

¡Pero qué puedo hacer! ¿Es acaso culpa mía, o es imposible explicar en palabras de qué se trata tan gran obra? ¿Podría explicar de qué se trata la música de Pink Floyd sin que se me escape ninguno de sus matices? Vamos que los que leen El Código Da Vinci lo tienen más fácil: suena interesantísimo cuando te dicen que el libro revela los secretos de la iglesia, que Jesús se acostó con Maria Magdalena y tuvo hijos, y al final nunca entendí que tuvo que ver el pintor con todo esto… Pero la historia suena de lo mejor…

Hasta que tomas el libro y, si tienes 2 dedos de frente, te das cuenta de que es una absoluta basura. Que te tomaron el pelo, y que Dan Brown no tenía otra intención que hacerse millonario, aún a costa de pintores, religiones. ¿Qué importa? Si a fin de cuentas esta vida no es más que dinero. Dinero para comprar un auto y un apartamento, dinero para tener un celular más caro que el de tus amigos, dinero para estudiar y graduarte para conseguir trabajo y ganar dinero, dinero para comprarte un buen traje con el que causar buena impresión y ganar dinero, dinero para hacer publicidad y establecer relaciones sociales y ganar más dinero, dinero para tener poder y conseguir más dinero, dinero para hacer un postgrado y que te aumenten el sueldo, dinero para invertir y ganar más dinero, dinero… dinero… dinero. Dinero que cada día va arrinconando y reemplazando más a los otros valores: familias, amigos, honor, moral, gratitud, hasta la misma memoria: porque es fácil olvidarse de los demás cuando hay dinero de por medio. Vamos que si a cualquier persona le ofrecieran $1 millón de dólares por el alma de su mejor amigo, quien se atreva a decir que no, al menos dudaría un poco. Y si son $10 millones ¿Por qué no entregar a la misma madre?

Vamos, si todo en esta vida es dinero. O esos autos yendo y viniendo, atascados en colas, como glóbulos negros dentro de las cavidades de un corazón podrido de cáncer; esas gentes que hace rato corrían despavoridas en el metro (acordándose que tienen una vida que cuidar), esas industrias que excavan y socavan el planeta ¿buscan algo más que dinero? Incluso ya le llegó el turno al arte: ¡hagamos libros que hagan dinero! ¡hagamos películas que hagan dinero! ¡no importa que sean basura, que sean más plásticos y pasajeros que las cajitas de las cadenas de comida rápida! ¡hagamos, también, música que haga dinero! Y Jewel deja de cantar Foolish Games para convertirse en una puta más. ¿Qué importa? Si lo único que importa es el dinero…

-A mí también, me encanta leer. -Suelta la chica entusiasmada.

Noto cómo mi corazón se acelera un poco.

Es absurdo. Me digo atrapado por el humo y el destino. Sin esa tonta sensación de que algo iba a pasar, estuviese ahora en mi trabajo, y no aquí apunto de asfixiarme.

La gente grita, llora, gime, tose, tocan la alarma una y otra vez. La pareja se abraza.

Pero lo que más me aturde es que en ningún momento pierdo la calma. Casi podría decir que seguiría leyendo si el humo me dejara ver y las personas no me desconcentraran con sus gritos.

¿Por qué? Y envidio a la pareja que llora abrazada, envidio a la señora de 60 años que abraza a su nieto… Envidio a quienes tienen miedo. A quienes pueden sentir miedo. A quienes pueden sentir.

Desde hace tiempo que todo me da igual, incluso morir. Hoy, mañana. No siento el menor temor a dejar el mundo… ¿Por qué, si tarde o temprano nos iremos uno tras otro? E irán llegando nuevas personas que creerán comerse el mundo o creerán sentirse los más desgraciados, mientras miran las tumbas y las biografías de otros, sin sentir que ellos mismos forman parte de este ciclo absurdo llamado vida.

Supongo que porque tienen metas, sueños, esperanzas que quieren ver cumplidas antes de marcharse. Por eso gritan, por eso se desesperan. Yo les podría pedir disculpas por no desesperarme como ellos; aún en esta situación podría explicarles de buena manera, a través del humo, que yo también tengo metas y sueños, tal vez mucho más altas que las de ellos; pero que realmente la vida me ha decepcionado tanto que ya no espero nada.

Y me da igual morir.

Aunque al final, la idea de morir quemado en un tren, con un montón de gente escandalosa es un poco bizarra y empiezo a desear que lleguemos a salvo, mientras noto cómo mi corazón se acelera.

El tren al fin llega a la próxima estación. Las puertas se abren. Todos salen corriendo despavoridos. Al mejor estilo de comercial de ofertas de 3 x 2 más 70% de descuento.

Me hago a un lado, los dejo pasar, y voy a ponerme a salvo (de la gente), contra una pared. Trato de seguir leyendo mientras todo se calma; y caigo en cuenta de lo cansado que estoy y de que no me escapé temprano del trabajo para ver cómo un tren se quemaba y cómo la gente corría, y para darme cuenta de que me da igual sobrevivir o no.

Y trato de tranquilizarme pensando que tal vez ese accidente me lleve a conocer a la persona que tanto me gustaría conocer. Que esa sucesión de intuiciones, hechos… me lleve a un suceso que cambie drásticamente mi vida para bien, que debería estar atento antes de quejarme tanto y que, sobretodo, no debí tomarme tan en serio la película de el efecto mariposa.

La situación en el metro empeora, cada vez llegan más vagones repletos de humo y de gente gritando, y cada vez más gente corriendo. Ya no es 3 x 2 más 70% de descuento, ahora es 2 x 1 más 95% de descuento y empiezo a preocuparme.

Así que salgo de la estación mal agüero, con la sensación de que tal vez conoceré a la persona de mis sueños, a mi alma gemela… O que, tal vez, debería dejarme de tonterías y pagar un taxi a mi casa.

Escucho a uno de los operadores decir que todo está bajo control (…seguro), que vuelvan a tomar su tren, que vuelvan al recorrido, que la marcha no puede detenerse, que la ciudad tiene que seguir avanzando, de un lado a otro, sin importar si arriesgamos nuestras vidas, que no hay que llegar tarde al trabajo, que no hay que dejar de producir, que no hay que dejar de movernos porque entonces tendremos tiempo para pensar y caer en cuenta del engaño en que todos vivimos metidos.

Pues yo si me detengo, aquí sentado en un banco, leyendo. Ya habrá tiempo de llegar a casa y terminar el trabajo que dejé pendiente…

Noto que alguien me está mirando, es una muchacha. Unos 18 años. De piel mestiza, delgada, bastante guapa.

-¿De qué se trata ese libro? -Y su pregunta sonaría indiscreta y atrevida, si no fuera por los dulces ojos que la acompañan.

Desde que empecé a escribir estos relatos las visitas se han duplicado, así que quiero darle las gracias a todos. A veces, este blog me proporciona la sensación de compañía que no obtengo usualmente.

Escribí éste fragmento y la parte 6 el domingo en un semisueño, sentado sobre mi cama. Tuve más tiempo de retocarlo que lo usual, espero que les guste.

Apenas dan las 5:00 p.m. Salgo del trabajo. Decido salir temprano porque la sensación de que algo va a suceder ya se ha vuelto molesta, y me empuja como un imán.

Salgo a la calle, miro atento hacia los lados. Como esperando encontrar algo distinto. Pero todo sigue igual. Las personas caminan de un lado a otro con expresiones de color gris en sus rostros. El humo, los semáforos, la tranca de autos. Los conductores insultándose entre ellos; otros semidormidos al volante, soñando con estar en la playa a la que solían ir de jóvenes, tocando guitarra y olvidándose del mundo. Algún otro con ganas de bajarse del auto y salir corriendo, porque su vida es muy importante para perderla en una cola.

Todo sigue igual. Excepto yo, que aún estoy esperando algo… ¿Qué?

Camino indeciso entre tomar un autobús o regresar en metro, entre si ir a cenar a algún centro comercial, o comprar ropa o libros. Dudo temeroso. Lo que sea que deba encontrar puede estar a un paso de distancia, y yo puedo ganarlo o perderlo, con la más mínima decisión. Así de fácil. Creo que el destino depende de mis manos.

¿Depende realmente?

Lo que sea que va a pasar, pasará; me digo para poner los pies en el cemento y moverme, que los demás transeúntes ya empiezan a quejarse.

Llego a la estación otro día de trabajo, y todo sigue como si nada, como si mi intuición me hubiese tomado el pelo.

El andén está tan lleno de personas que me voy a uno de los extremos, y me subo en el primer vagón.

El metro empieza su curso y puedo ver a través de la ventana de la puerta del vagón, como avanza el tren por los túneles, como un gusano entre la tierra.

-¿Me da un permiso, señor? Me dice un niño de 8 años, que quiere ponerse delante de la ventana, para ver el recorrido. Yo me aparto y me quedo mirando al niño.

Y retrocedo 14 años en el tiempo. Retrocedo al día que mi mamá me llevó a conocer la capital, y recorrimos en metro todas las estaciones. Y miro al niño, y ese niño soy yo.

Y siento cuan apasionante puede ser la vida, a ratos, sólo si prestamos un poco de atención. Pero no, esto no es lo que iba a suceder. Aún el presentimiento sigue pegado a mí, molestándome como una piedra en el zapato.

-Estación recuerdos de la infancia, dicen por el micrófono, y el niño se baja.

Una pareja se sube y las puertas se cierran. Seguimos hacia la estación mal agüero.

Mis ensoñaciones y pensamientos se detienen, siento el cansancio de todo el día de trabajo, mientras veo las caras largas de los demás pasajeros.

No. Pese a lo agotado que ando, abro el libro que llevo e intento leer. Intento trasportarme a otro mundo y no dejar que éste me hunda. Es lo que siempre he hecho, lo que tantas fuerzas me ha dado…

Le doy vuelta a la primera página cuando empiezo a sentir un olor extraño. “Lo que faltaba� me digo.

Pero el olor persiste y se me hace familiar… Es un olor a… quemado… Y de inmediato lo confirmo viendo como el vagón comienza a llenarse de humo.

La gente gris se aturde, despierta, grita, presionan la alarma… El vagón cada vez está más cubierto por el humo, y sea hace más difícil ver y respirar.

¿Se está incendiando el tren?

Salgo. No veo a la chica por ninguna parte. Corro a la esquina, tampoco la veo desde allí.

Me detengo. Igual, ¿Qué puedo decirle si la consigo? Ya se fue.

Además, aún no he dejado de sentir el presentimiento de que va a pasar algo.

Miro el reloj, son las 12:40: me quedan unos minutos de mi hora de almuerzo.

Pienso en llamar a alguien, pero me doy cuenta de que no tengo nadie con quien hablar. ¿Mis amigos? Los pocos que tengo los saludé esta mañana en el messenger. ¿Mi familia? ¿Cuál familia? ¿Mis padres? Pienso, los llamo:

-Hola
-Hola
-¿Cómo están?
-Bien
-¿Cómo ha estado todo por allá?
-También, bien, ¿y tú? -Me devuelven la pregunta por cortesía
-Bien… ¿Y mis abuelos, también están bien?
-Sí…
-Bueno, sólo quería saludar…

No. Desisto. Mejor no llamo a nadie.

Me acuerdo que cerca de aquí me dijeron que vendían libros usados. Hoy termino de leer a Camus y aún no siento la necesidad de tomar el libro de Miller, y, del resto, no tengo nada que leer. Así que voy hacia allá.

Cuando me quedan pocos libros sin leer, sobre mi mesa de noche, me siento tan desesperado como un padre de familia un 29 del mes, cuando aún no ha cobrado y tiene el refrigerador casi vacío.

Hoy toca hacer mercado, me digo, sonriendo, y viendo el sitio donde están los libros: debajo de un puente.

Una voz dentro de mí, me dice: “podrías pasar los minutos que te quedan en el centro comercial, o en la oficina recostado en la silla, con aire acondicionado, conversando con las mujeres del departamento. En cambio, mírate: mientras todos charlan, comparten entre ellos, tú estás ahí, debajo de un mugriento puente, revolviendo libros usados. Hasta puedes agarrar una alergía, una enfermedad

La literatura te ha llevado demasiado lejos…”

Me quedo atónito ¿De dónde vienen esas palabras tan necias? Es la sociedad, supongo. Cuando les dije a mis amigos que me vendría a la capital, me decían entre risas: “¿Y qué?, vas a irte a la ciudad, a recitar poemas?”. Ahora que tengo un buen cargo, que gano dinero y soy importante. Me escriben: “estamos orgullosos de tí”.

Imbéciles.

¿Será por eso que Rimbaud dejó la poesía?

¿Disculpe, señor, usted trabaja aquí? -me pregunta una muchacha, que tiene un libro en la mano, sacándome así de mi ensueño.

-No, no trabajo aquí, respondo un poco irritado, sacando el pecho, para que vea mi uniforme.

“¿Cómo voy a trabajar YO debajo de un puente, vendiendo libros viejos?” -Pienso.

La chica sigue distraída revisando las mesas. Yo empiezo a buscar: encuentro de una vez un par y los tomo:

-Lucia Etxebarria; amor, curiosidad, prozac y dudas. Y,
-D.H. Lawrence, El amante de Lady Chatterley.

Ya quiero pagar e irme: se me hace tarde. Pero no veo a nadie que me pueda cobrar.

-¿Son gratis? -Exclamo.

-Vete con ellos y haz la prueba para saberlo… dice, sonriendo, la chica.

La miro: es morena, de rostro común, y con las formas de su cuerpo poco pronunciadas. No me llama la atención conocerla.

Pero algo me deja en shock: esta chica se parece muchísimo a una de las mujeres que más llegue a amar hace unos años atrás. ¿Por qué no me provoca ni siquiera entablar conversación con ella? No es por el físico, es algo más.

Y me quedo viendo como busca entre los libros, con la mirada vacía, con rostro de aburrimiento. No lo hace con la avidez de los lectores voraces. No lo hace con el encanto y la admiración de quien sabe que sobre esa mesa hay cientos de almas; de personas que entregaron y dejaron plasmadas sus vidas allí: para nosotros.

Esos libros no son estúpidos libros de autoayuda, son Libros, en su mayoría autobiográficos, de personas que no desistieron en la ardua labor de plasmar sus experiencias. Sin detenerse a pensar que dirían los demás.

Ella los toma con desdén, como por no dejar… Como si no tuviese más nada que hacer

Y caigo en cuenta de que la mayoría de las personas que viven aburridas, es porque sencillamente no saben encontrar la magia que se esconde en lo profundo de esta existencia… Que son personas con almas cortas, incapaces de ver más allá…

Y caigo en cuenta de que tampoco es el físico lo que más importa, es cómo la mujer sepa darle vida a su cuerpo, dejando entrever su alma en éste.

Sostengo con fuerza los libros, casi podría sentir pedacitos del alma de sus escritores en ellos.

“Para ser buen diseñador o programador, hay que exprimirse el cerebro -me decía mi amigo- nosotros dejamos nuestras neuronas en el computador, todos los días. Es un trabajo arduo.”

Ojalá, respondo mentalmente, para escribir sólo hubiese que exprimirse el cerebro. Los verdaderos escritores se sacan las vísceras con las manos, y las dejan en el papel; para quien tenga de verdad las agallas de un ser humano, para quien quiera descubrir el tesoro que hay debajo del polvo, debajo de un puente…

El señor aparece, yo pago, me voy.

La sensación de que algo va a ocurrir se incrementa.

Las 12:10. Termino de leer la caída de Camus, mientras espero que me traigan mi almuerzo.

La feria de comida está atestada de personas; no hay donde sentarse. Una chica me pregunta si está ocupado el otro puesto de mi mesa. No, le digo; y se sienta. Es bonita, blanca, con el cabello corto; enseguida la reconozco, trabaja en el mismo sitio que yo. Desde que la vi he querido conocerla, sin embargo no me he atrevido a decirle nada. En vez de volverme más expresivo, cada día parece que me estoy haciendo más tímido.

“Es por nuestro trabajo -me decía un amigo-. Pasamos horas frente al computador, creando cosas. Nos abstraemos, nos volvemos individualistas, nos cerramos al mundo. Luego, claro está, nos cuesta salir.”

Cierto. Pero igual nunca he creído en horóscopos, predicciones, tests de personalidad y todas esas estupideces. Mientras tengamos voluntad, podemos moldear nuestra persona como nos plazca.

Pasan unos minutos mientras divago, mientras me sigo abstrayendo; la chica también espera impaciente un pedido. Vamos a almorzar juntos, me digo. En los tests que nos hacían en el colegio, siempre me decían que yo era incapaz de dar la primera palabra.

Bien, así será; justo cuando la chica me diga buen provecho, le diré algo, y empezaremos a conversar.

Sin embargo, me traen la comida, la chica me dice “buen provecho” y yo sigo callado.

Cuando le traigan a ella el almuerzo… me digo, comiendo despacio.

Pero cuando ella se levanta a buscar su almuerzo, me doy cuenta que le entregan, en lugar de una bandeja, una bolsita con una cajita de aluminio y unas servilletas.

La chica se va. Yo termino de comer en unos pocos segundos, mientras pienso cuantas oportunidades he dejado pasar, esperando que llegue un mejor momento.

“¿Y si eso era lo distinto que iba a pasar hoy? ¿Y si teníamos que conocernos y yo he dejado pasar la oportunidad?” -Exclamo mientras dejo caer mi vaso de nestea sobre la mesa, y me preparo para salir, de prisa.

Pero algo tenía que pasar, me repetía mientras iba haciendo las acrobacias y contorsiones diarias, para poder leer y respirar a la vez, en los 5 milímetros que me quedaban libres para moverme, sin tropezar a nadie.

Dos señoras discutían en voz alta…

-El aire está dañado.
-¡Cada día hay más pasajeros y no hacen mantenimiento!

…mientras yo trataba de leer:

“¡Pues bien, no! Encontré la enemistad sobre todo entre quienes sólo me conocían de lejos, y sin que yo mismo les conociera…”

-Sí, yo tuve que esperar cuatro trenes ¡Cuatro trenes! para poder subirme

“…Sin duda sospechaban que yo vivía en toda plenitud, abandonándome libremente a la felicidad: eso no se…”

-¡Imagínese usted!- …perdona -Y encima uno anda tan apretado que ni puede moverse.

“El talante de éxito, cuando se lleva de cierto modo, haría rabiar a un… -¡El otro día vi como tumbaban a un…- …asno… -señor. Creo que se lastimó bastante.

-La gente se desespera. Al punto que no les importa tumbar a una señora o a un anciano, con tal de no llegar cinco minutos tarde al trabajo…
-Sí, pero uno también tiene derecho a llegar sano y salvo…

-¡Y en silencio! -dije con rabia, y soltando una mirada furibunda.

Las señoras se callaron; y (cosa extraña aquí en la capital) nadie se atrevió a responder. Al punto, que empecé a sentir miedo de mi mismo. ¿En qué me estaba convirtiendo esta vida? …Y esta soledad…

“No, no tengo que pensar tanto, sólo seguir… De todas formas no veo otro camino, no puede ser de otro modo”. Traté de reanudar mi lectura:

La única defensa reside en la maldad. La gente se apresura a juzgar para no ser ellos mismos juzgados. ¿Qué Quiere?

-Estación Otro Día de Trabajo -dijo una voz por micrófono.

Cerré el libro. Ya había llegado. No pasó nada distinto a lo de todos los días, pero aún quedaba la hora de almuerzo y el viaje de vuelta, dije como para calmarme. Las ocho diez doce horas de trabajo, si que serían igual que siempre.

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Todos los días es lo mismo; me levanto, tomo el libro de Baudelaire, Miller, Camus, etcétera… que esté leyendo y salgo a tomar el metro para ir al trabajo.

Todos los días sueño con lo mismo: que mi compañera de puesto, o una chica que esté de pie a mi lado me mire y me diga: “¡yo leí las flores del mal hace tiempo! ¿qué tal el esplín de Paris?”

Pero, todo los días pasa lo mismo: nada.

Y llego al trabajo o, a donde sea que vaya: y me toca tratar con personas que me hacen sentirme como el título de este post. Un “extranjero”, como si estuviese en Italia y Portugal, podemos medio entendernos, pero simplemente no hablamos el mismo idioma, somos parecidos pero no somos de la misma raza.

Y yo levanto la mirada al cielo y digo “¡Dios porqué me mandaste a vivir a otro planeta, cuando podré volver con mi gente!”

Pero leo a tantos poetas, escucho la música de Pink Floyd, de Alan Parsons Project, y de tantos otros, leo tantos libros, veo pinturas, y me digo: sí, tal vez sea de este planeta, pero ¿Dónde quedaron ellos?

Entonces, respiro profundo, y tomo fuerzas para esperar al día siguiente; esperar que algún dia pase “algo”… y no pasa nada.

Excepto ayer, ayer algo me decía que sí iba a suceder al fin algo; y así fue: en el metro una chica sostenía un libro pequeño, de esos llamados “libros de bolsillo”, en la parte posterior había una foto en blanco y negro, una foto que me invitaba a pensar que no era un patético libro de autoayuda o etcétera. Ese día Miller se había estado quejando en mi mesa de noche, para que me lo llevara al trabajo: no tenía ganas de leer, pero: está bien, le dije (siempre hay que hacerles caso). Ahí estaba la razón: la chica, cuando le hablase, vería el libro, no pensaría que era un loco o un aprovechado: sabría que yo era como ella, que eramos del mismo planeta.

Y mientras soñaba con los títulos del librito que ella llevaba (algo dentro de mí me decia Sartre, Sartre…) corrí a alcanzarla…

La chica se me perdía de vista, de a ratos, pero la volvía a alcanzar. Hasta que cruzó en la esquina, a la derecha, para tomar el metro.

Era, por decirlo así, un callejón sin salida (la única salida era irse en metro y el metro no había llegado…)

No obstante, cuando llegue: ¡¡no estaba!! La busqué casi al borde de la desesperación y nada.

Hasta que llegué a pensar que me había imaginado todo… (”Vaya… sabría que tarde o temprano perdería la razón -me decía”). No, claro que ella estaba allí ¿a donde fue?

Y la única puerta que había cerca era el cuarto de máquinas, ¿trabajaba en el metro? ¿me vio seguirla y se asustó? ¿qué pasó?

Pero el metro llegaba y eran las 8:10 (iba tarde al trabajo), y, como siempre, la responsabilidad, el ser maduros puede más que nuestros sueños.

¿Cómo te Sientes Hoy?

Autor

Duilio / Venezuela

solo[arroba]otrotiempo.com

Aficiones:
Pink Floyd / Yann Tiersen
Alan Parsons Project
Radiohead / Coldplay / u2
Supertramp / Soda Stereo
Henry Miller / Dostoievski
Camus / Rimbaud / Baudelaire
H. Michaux / Ortega y Gasset
Werther / Rojo y Negro
La Náusea / Hamlet
Por quien doblan las campanas
El Retrato de Dorian Gray
Luna / Atardeceres
Estrellas / Estrellas fugaces
Leer / Escribir / Estudiar
Nadar / Hacer ejercicios
Programar / Diseñar
Guitarra / Ingles / Frances
Almas gemelas / Cosas sublimes...

Cita

"Nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía." Simón Bolívar.

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