Aún recuerdo con ira, como una de estas personas ricas hablaba de cómo se disfrutaba el mundo comiendo dáctiles y tomando champagne. Aún recuerdo con desdén cómo otras personas hablan de cómo se disfruta de la vida dedicándose a salir y a gastar dinero; y tratan con compasión a quienes, como yo, vivimos en un extasis errante por el mundo; tratando de encontrar más y más caminos…
Pero ellos, en su comodidad, en su minúsculas vidas, desde arriba: desde el cielo donde todo se ve igual. Jamás sabrían encontrar el goce de los que estamos aquí abajo; de quienes, cuando subimos, es para pasear por el universo…
A ellos, aunque no lo haya escrito yo, les dedico este poema del genio Frances (aunque se que nunca podrían entenderlo).
XII. Las muchedumbres. El Esplín de París. Charles Baudelaire
No a todos es dado tomar un baño de multitud: gozar de la muchedumbre es un arte; y únicamente puede, a expensas del género humano, permitirse un exceso de vitalidad aquel a quien un hada insufló ya en su cuna el gusto por el disfráz y la máscara, el odio al domicilio y la pasión por el viaje.
Multitud, soledad: términos equivalentes, y equiparables para el poeta activo y fecundo. Quien no sabe poblar su soledad, tampoco entiende de andar solo en medio de una muchedumbre ajetreada.
El poeta goza del incomparable privilegio de poder ser, a su antojo, él mismo y otro. Al modo de esas almas errantes en búsqueda de un cuerpo, el poeta entra, cuando bien le parece, en la persona de cada cual. Para él, sólo para él, todo está libre; y si algunos puestos parecen estarle negados, ello es debido a que, en su apreciación, no merecen ser frecuentados.
El paseante solitario y pensativo extrae una singular bocharrera de esta universal comunión. Aquel que con facilidad se desposa con la muchedumbre experimenta goces febriles de los que por siempre se verán privados el egoísta, aherrojado como caja de caudales, y el perezoso, recluido cual molusco. El paseante solitario adopta como suyas todas las profesiones, todas las alegrías, y todas las miserias que las circunstancias le deparan.
Lo que los hombres llaman amor es algo muy pequeño, restringido y débil, comparado con esta inefable orgía, con esta santa prostitución del alma que se entrega por entero, poesía y caridad, a lo imprevisto que se presenta y a lo desconocido que pasa.
Es bueno, en ocasiones, hacer ver a los bienaventurados de este mundo, aunque sólo sea para humillar por un instante su necio orgullo, que existen dichas superiores a las suyas, más vastas y refinadas. Los fundadores de colonias, los pastores de pueblos, los sacerdotes misioneros exiliados en el último rincón del mundo saben probablemente algo de estas misteriosas borracheras; y en el seno de la amplia familia que su genio se ha labrado, deberán alguna vez reírse de quienes sienten compasión por su suerte tan agitada y por sus vidas tan castas.
1 comment
12/06/2006 at 8:59 am
Duilio
“Son sólo palabras” Mi pequeño delirio; sí… pero acaso ¿no es la palabra al alma, como el átomo a la materia, el principio irreductible de todo?