Pero algo tenía que pasar, me repetía mientras iba haciendo las acrobacias y contorsiones diarias, para poder leer y respirar a la vez, en los 5 milímetros que me quedaban libres para moverme, sin tropezar a nadie.
Dos señoras discutían en voz alta…
-El aire está dañado.
-¡Cada día hay más pasajeros y no hacen mantenimiento!
…mientras yo trataba de leer:
“¡Pues bien, no! Encontré la enemistad sobre todo entre quienes sólo me conocían de lejos, y sin que yo mismo les conociera…”
-Sí, yo tuve que esperar cuatro trenes ¡Cuatro trenes! para poder subirme
“…Sin duda sospechaban que yo vivía en toda plenitud, abandonándome libremente a la felicidad: eso no se…”
-¡Imagínese usted!- …perdona -Y encima uno anda tan apretado que ni puede moverse.
“El talante de éxito, cuando se lleva de cierto modo, haría rabiar a un… -¡El otro día vi como tumbaban a un…- …asno… -señor. Creo que se lastimó bastante.
-La gente se desespera. Al punto que no les importa tumbar a una señora o a un anciano, con tal de no llegar cinco minutos tarde al trabajo…
-Sí, pero uno también tiene derecho a llegar sano y salvo…
-¡Y en silencio! -dije con rabia, y soltando una mirada furibunda.
Las señoras se callaron; y (cosa extraña aquí en la capital) nadie se atrevió a responder. Al punto, que empecé a sentir miedo de mi mismo. ¿En qué me estaba convirtiendo esta vida? …Y esta soledad…
“No, no tengo que pensar tanto, sólo seguir… De todas formas no veo otro camino, no puede ser de otro modo”. Traté de reanudar mi lectura:
La única defensa reside en la maldad. La gente se apresura a juzgar para no ser ellos mismos juzgados. ¿Qué Quiere?
-Estación Otro Día de Trabajo -dijo una voz por micrófono.
Cerré el libro. Ya había llegado. No pasó nada distinto a lo de todos los días, pero aún quedaba la hora de almuerzo y el viaje de vuelta, dije como para calmarme. Las ocho diez doce horas de trabajo, si que serían igual que siempre.